LA BRISA QUE ADIVINAS
@ 18.10.2006 - 16:22:14“En Villanueva, hubo una vez un grupo de padres que se reunió para pedir el reconocimiento público de un amigo. No lo conseguimos. Un escrito estaba entre otros de un dossier. Creo que lo que escribo ahora es lo que más me hubiera gustado poner”:
Quizás él nunca pensó que las cosas pudieran llegar tan lejos. Ni siquiera cuando ultimaba sus papeles sabiendo que no quedaba ya mucho tiempo para emprender viaje a China en busca de su primera hija adoptada. Entonces, hace ya más de diez años, Fernando veía la experiencia como un círculo reservado a su vida familiar. Con Maribel había tenido dos hijos biológicos y la adopción abría la puerta a la llegada de una niña que, como caía de cajón y conociéndole, se llamaría, se llamaba ya incluso antes de verla con el nombre mineral de su mujer: Isabel.
Cuántas veces él miró aquel reportaje, qué fracción más precisa aún pervive en sus ojos como una marca que casi sin que él lo sepa siempre le define en una parte visible incluso de sus matices más triviales. Como cuando el otro día fumaba a la puerta del trabajo con una quietud de Buda que aguarda sólo la combinación placentera de la brisa y el humo. Era un reportaje de la BBC y se titulaba “Las habitaciones de la muerte”. Si las pesadillas recorren laberintos ajados, uno de ellos estaba allí. Yo nunca me atreví a verlo del todo, pero daba igual porque, como decía Fernando, sólo el nombre y los primeros planos te daban el billete para un viaje lóbrego y débil con esa sensación de travesía en la maleza que permanece en nuestra mente tras un sueño febril. ¿Por qué la orfandad se cuela entre rendijas y yace allí en niñas que lloran y que parecen el chasquido de hojas rotas? De aquel viaje él regresó con preguntas, interrogado en algún laberinto de silencio por la noción de querer algo distinto: una actitud, un gesto, una mano de oso mullido para dar calor entre trozos de hielo.
La primera vez que vi a Isabel yo escribía con la antigua Olivetti. Fernando la dijo que me diera un kiss, así en inglés porque eran las palabras que ella entonces más entendía, y me lo dio con una naturalidad que derrumbó de un golpe los diez mil kilómetros que mentalmente me hacían todavía ubicarla en un mundo extraño e intocado, me parecía como si extrañamente no hubiera nacido muy lejos de aquí y Fernando no se hubiese retrasado mucho en traerla al paisaje de las cosas normales. Recuerdo cómo él nos hablaba de las niñas huérfanas chinas y lo hacía no sé si ya, desde ese mismo momento, con una premeditación clara para hacernos pensar en la adopción. Me pregunto si se daría cuenta, pero es como si Fernando ya entonces hubiera firmado un pacto íntimo con aquellas pequeñas, contrario a admitir la penuria hiriente de aquellas cunas de óxido y frío.
Dicen que, cuando se viaja por primera vez a China, los esquemas pulidos y aseados, con que a este lado del mundo ordenamos los valores, palidecen, se entornan ante una realidad que no llegamos a ubicar bien en el límite de nuestros cuadernos mentales. Es cierto. Y más cuando te preguntas, como él se preguntó, por qué las niñas, las niñas abandonadas en aquellas cunetas de la pobreza tienen un destino tan estrictamente próximo al de la hierba quemada. Hay personas que se quedan, que nos quedamos, en las preguntas. Pero él, no. Él sabía que no tenía la llave de las respuestas, que nunca las tendría. Sin embargo, su runrún no era hallar el lugar donde esa llave se hiela. Su propósito era concreto y práctico, aliado a la precisión de las cosas que sólo quieren ser fruto de un llano sentido común. Él sólo quería andar, andar para echar una mano a gentes de Extremadura que alguna vez hubieran pensado en una adopción y que las dudas, la incertidumbre o la dificultad les hubiese hecho desistir antes incluso del primer impulso. Era un peregrinaje que al principio recorría los caminos más familiares ganando la convicción de personas a las que conocía por amistad o por una recién ganada cercanía a través de alguien que tal vez conocía a una pareja que quería adoptar y que no sabía muy bien cómo hacerlo.
Pero ese pacto íntimo con las niñas, que le picoteaba y le enternecía por dentro con esa astucia robusta que le hacía camuflar su sensibilidad más vulnerable convirtiéndola en normalidad, él pensaba que tenía que ir más allá. Fue entonces cuando Fernando decidió crear el grupo extremeño de la asociación española de padres adoptantes que ya se organizaba por otros lugares de España. Nosotros nos reuníamos en el restaurante Chamorro. Los sábados por la tarde tenían algo de mesa camilla. En torno a un café o a un refresco, Blas y Mercedes ponían acento de aventura a su viaje al sur de China cuando adoptaron a Ana, y Marga y Paco contaban cómo casi hacían guardia ante la notaría de Mérida porque cada semana concluían a ritmo de sprint dos o tres documentos del expediente que les llevaría al encuentro de Laura. Fue allí donde Engracia y yo conocimos a Rocío, la mujer soltera de Cáceres que coincidiría en nuestro viaje y que, recuerdo, miraba siempre por encima de sus gafas con una mirada de expectación que me parecía le concedía un plus de empeño a su deseo de adoptar. En las afueras del Chamorro balanceábamos los columpios en los que se montaban las niñas de cuatro y cinco años y las tardes guardaban un don de paternidad merecida, un ejercicio de curso sin necesidad de psicólogos donde sin darnos cuenta adquiríamos nuestro certificado más íntimo de idoneidad, el que no requería sello de ninguna ventanilla.
El Chamorro dotaba al encuentro de signos personales. Nos conocíamos en el plano concreto de nuestra voluntad por ser padres y al hacerlo dotábamos esa solidaridad mutua de unos lazos que parecían convertirnos en conocidos de toda la vida. Luego cuando el grupo fue creciendo, las reuniones comenzaron a celebrarse en Las Lomas, un hotel en la colina de Mérida a su salida hacia Madrid, donde los sábados vespertinos se convertían en una ensalada de gentes donde se cruzaban invitados con trajes relucientes que a esa hora entraban a una boda en el hotel, y las parejas que miraban y que preguntaban confundidos por un tal Fernando Hernández que les había dicho que esa tarde habría allí una reunión de la asociación. Es verdad que él podría haber dado trasunto oficial a su trabajo como presidente. Ya se sabe, estas cosas que se hacen, dirigir con maneras aseadas los cometidos de un grupo y enumerar a los adoptantes, mientras te miran con esos ojos perplejos de un alpinista que aún no ha visto la cima, la cadena de documentos que tendrán que reunir para imaginar en un futuro difuso y casi de otra vida la llegada de su hija.
Pero Fernando no era, nunca fue, el presidente de Andeni, era un cómplice que escudriñaba los miedos de aquellas personas que a veces se preguntaban por qué aquel desconocido les quería tan claramente ayudar. En los papeles oficiales que yo firmaba con él y que me identificaban casi por azar como secretario de la asociación, veía siempre su firma suave que era puro contraste con las gruesas muñecas de sus brazos. Debajo en tinta de ordenador ponía presidente y me parecía hasta cierto punto injusto porque la sequedad burocrática no describía ni de lejos lo que realmente era él en el grupo. Era sus manos, su instinto, su paciencia y su compromiso, la voz que con fluidez de locutor otorgaba una calidez inesperada a futuros padres atribulados que le llamaban por teléfono al trabajo con cierto sigilo para pedirle, por favor, si aquella tarde podían verlo en su casa porque tenían unas cuantas dudas que plantearle. Y era ahí donde nacían los puentes, donde el canasto invisible de una adopción cogía la concreción de unos mimbres como nadadores de un río que se sorprenden con balizas que no imaginaron encontrar cuando bajaron al cauce.
¿Has contado, Fernando, las horas de tardes azules que transcurrieron pacientes retirando las esquirlas de duda que padres encogidos te traían mientras observaban pálidos el perfil de etapa del Tour con que ponían ante ti su expediente de adopción? Cuántas tardes también girando la cabeza para mirar en el pasillo el andar fugaz y rápido de Isabel y Silvia, tu otra hija adoptada, e imaginar, es posible, el rastro de niñas aún futuras que en las palabras débiles de sus padres comenzaban ya a habitar los pasillos de la vida de su nuevo tiempo.
Con pulcritud de domingueros, hojeamos páginas de suplementos de periódicos y sentimos una compenetración bienintencionada con voluntarios que están en el Tercer Mundo y que arriman el hombro para ayudar a ganar cuartas de dignidad a poblados llenos de pobreza. Y parece, tal vez porque todo lo de aquí se ve más cotidiano, que cuando ese hombro se pone a la vuelta de la esquina, que ese trabajo es bueno, pero que no es tan pleno, que no tiene la altura poderosa de los abrazos ofrecidos a miles de kilómetros. Quizás la llave, Fernando, tu llave, estaba ahí. En la cercanía de abrigo y guía que diste desde tu casa, que se convirtió por necesidades burocráticas y curiosamente con merecido matiz familiar en sede ocasional y perenne de la asociación. Aquella vocación de abrigo que sin saberlo del todo aprendiste de aquella anciana inglesa que colaboraba en el orfanato donde estuvo Isabel, y que te mandaba a Mérida cartas simples con una verdad tan rotunda que era como una llamada para no olvidar la piel enfermiza y vana de las niñas que allí quedaron.
En Monfragüe había nevado y Fernando, aquel 29 de enero, se despedía en Plasencia como presidente de la asociación. No sé por qué lo recuerdo como una coincidencia de fríos y lo retengo ahora, no en el momento en que se produjo, tal vez porque la entidad de las cosas a veces necesita tiempo para dibujarse como una materia más visible. Un grupo de padres adoptantes, ese día, le hizo un regalo. En la reunión se había prometido a sí mismo que no echaría una lágrima y quienes le conocemos sabíamos que no lo haría. Comenzó a rajar el papel que protegía el regalo y por su tamaño y forma era fácil suponer que se trataba de un cuadro. Lo miró, no dijo nada y le dio media vuelta. Allí estaban las fotos de 251 niñas y dos niños. El cielo dulce, vital e irrepetible de las 253 adopciones realizadas durante nueve años, los nueve años de su firma recta y geográfica en aquellos papeles de escritura oficial que él ni yo nunca supimos conocer del todo. Tal vez porque todo era más que nada la biografía de su esfuerzo, la certeza concreta de ojos rasgados que él ayudó a traer como una mano que guarda semillas y las expande con un sentido del oficio persistente y tozudo.
Fernando fuma ahora a la salida del trabajo, justo en este instante puede que nos la vea, pero estas fotos viajan en su vereda durante horas inopinadas del día. Son la expresión de una sorpresa en un parque de Azuaga, la boca sobre un lápiz en un colegio de Montijo, la mano de un abuelo que la lleva a casa desde una esquina de Los Santos, el capricho de unas palomitas en la plaza de Plasencia o un nuevo balanceo en los columpios de Trujillo. Sabes, Fernando, todas en España han aprendido a dar un kiss. Mientras miras como un Buda, en este último brillo de la mañana, un atlas circular de niñas invisibles y reales te observa desde la amplitud de los lugares donde ellas están ahora mismo. No muy lejos, en la distancia concebible que tú ayudaste a crear. Todo convertido en una caja inmensa que parecía vacía y que guardaba los besos de un relato infantil de la antigua China que un día te gustó contarnos.
Aunque hay noches, en las horas quebradas de los sueños inciertos, que vuelves a ver esa caja vacía y una imagen se te pega como una daga a su herida, inquieto por la extensión de una punzada de impotencia que te dejó demasiadas marcas adentro. Tiene un nombre precioso y se llama Me Ming. Cuántas veces él soñó que sus ojos volvían a despertar, cuántas veces él dibujó unos padres que acariciaban la frente de aquella niña enjuta e ingrávida que murió unos días después del rodaje de “Las habitaciones de la muerte”. Por qué no había flores en su cuna de color de tierra. Por qué te atormentaba aquel plano congelado. Por qué sentías tan tuya aquella culpabilidad inundada de cieno. Al menos por una noche, por qué nadie dejó una caja de besos guardada en la esquina de los regalos que ella nunca pudo tener. En esos sueños, aunque tú no las veas, hay muchas manos que te rozan la piel. Son tantas como cada pliegue de las niñas adoptadas en China que hoy viven aquí. En ellas florece el cielo de Me Ming, el río de loto que crece y perdura y que ella siempre mereció. Vive en ellas, Fernando, vive en el trabajo que tú secretamente le prometiste cumplir. El pacto íntimo que vino de China junto a Silvia e Isabel. Un acuerdo profundo de corazón y tiempo que el curso de tus días se esforzó en cuidar. Como la brisa que un hombre adivina venir mientras niñas de Oriente soplan el aire que la vuelve a mover.
