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LA BRISA QUE ADIVINAS

por siloente @ 18.10.2006 - 16:22:14

“En Villanueva, hubo una vez un grupo de padres que se reunió para pedir el reconocimiento público de un amigo. No lo conseguimos. Un escrito estaba entre otros de un dossier. Creo que lo que escribo ahora es lo que más me hubiera gustado poner”:

Quizás él nunca pensó que las cosas pudieran llegar tan lejos. Ni siquiera cuando ultimaba sus papeles sabiendo que no quedaba ya mucho tiempo para emprender viaje a China en busca de su primera hija adoptada. Entonces, hace ya más de diez años, Fernando veía la experiencia como un círculo reservado a su vida familiar. Con Maribel había tenido dos hijos biológicos y la adopción abría la puerta a la llegada de una niña que, como caía de cajón y conociéndole, se llamaría, se llamaba ya incluso antes de verla con el nombre mineral de su mujer: Isabel.

Cuántas veces él miró aquel reportaje, qué fracción más precisa aún pervive en sus ojos como una marca que casi sin que él lo sepa siempre le define en una parte visible incluso de sus matices más triviales. Como cuando el otro día fumaba a la puerta del trabajo con una quietud de Buda que aguarda sólo la combinación placentera de la brisa y el humo. Era un reportaje de la BBC y se titulaba “Las habitaciones de la muerte”. Si las pesadillas recorren laberintos ajados, uno de ellos estaba allí. Yo nunca me atreví a verlo del todo, pero daba igual porque, como decía Fernando, sólo el nombre y los primeros planos te daban el billete para un viaje lóbrego y débil con esa sensación de travesía en la maleza que permanece en nuestra mente tras un sueño febril. ¿Por qué la orfandad se cuela entre rendijas y yace allí en niñas que lloran y que parecen el chasquido de hojas rotas? De aquel viaje él regresó con preguntas, interrogado en algún laberinto de silencio por la noción de querer algo distinto: una actitud, un gesto, una mano de oso mullido para dar calor entre trozos de hielo.

La primera vez que vi a Isabel yo escribía con la antigua Olivetti. Fernando la dijo que me diera un kiss, así en inglés porque eran las palabras que ella entonces más entendía, y me lo dio con una naturalidad que derrumbó de un golpe los diez mil kilómetros que mentalmente me hacían todavía ubicarla en un mundo extraño e intocado, me parecía como si extrañamente no hubiera nacido muy lejos de aquí y Fernando no se hubiese retrasado mucho en traerla al paisaje de las cosas normales. Recuerdo cómo él nos hablaba de las niñas huérfanas chinas y lo hacía no sé si ya, desde ese mismo momento, con una premeditación clara para hacernos pensar en la adopción. Me pregunto si se daría cuenta, pero es como si Fernando ya entonces hubiera firmado un pacto íntimo con aquellas pequeñas, contrario a admitir la penuria hiriente de aquellas cunas de óxido y frío.

Dicen que, cuando se viaja por primera vez a China, los esquemas pulidos y aseados, con que a este lado del mundo ordenamos los valores, palidecen, se entornan ante una realidad que no llegamos a ubicar bien en el límite de nuestros cuadernos mentales. Es cierto. Y más cuando te preguntas, como él se preguntó, por qué las niñas, las niñas abandonadas en aquellas cunetas de la pobreza tienen un destino tan estrictamente próximo al de la hierba quemada. Hay personas que se quedan, que nos quedamos, en las preguntas. Pero él, no. Él sabía que no tenía la llave de las respuestas, que nunca las tendría. Sin embargo, su runrún no era hallar el lugar donde esa llave se hiela. Su propósito era concreto y práctico, aliado a la precisión de las cosas que sólo quieren ser fruto de un llano sentido común. Él sólo quería andar, andar para echar una mano a gentes de Extremadura que alguna vez hubieran pensado en una adopción y que las dudas, la incertidumbre o la dificultad les hubiese hecho desistir antes incluso del primer impulso. Era un peregrinaje que al principio recorría los caminos más familiares ganando la convicción de personas a las que conocía por amistad o por una recién ganada cercanía a través de alguien que tal vez conocía a una pareja que quería adoptar y que no sabía muy bien cómo hacerlo.

Pero ese pacto íntimo con las niñas, que le picoteaba y le enternecía por dentro con esa astucia robusta que le hacía camuflar su sensibilidad más vulnerable convirtiéndola en normalidad, él pensaba que tenía que ir más allá. Fue entonces cuando Fernando decidió crear el grupo extremeño de la asociación española de padres adoptantes que ya se organizaba por otros lugares de España. Nosotros nos reuníamos en el restaurante Chamorro. Los sábados por la tarde tenían algo de mesa camilla. En torno a un café o a un refresco, Blas y Mercedes ponían acento de aventura a su viaje al sur de China cuando adoptaron a Ana, y Marga y Paco contaban cómo casi hacían guardia ante la notaría de Mérida porque cada semana concluían a ritmo de sprint dos o tres documentos del expediente que les llevaría al encuentro de Laura. Fue allí donde Engracia y yo conocimos a Rocío, la mujer soltera de Cáceres que coincidiría en nuestro viaje y que, recuerdo, miraba siempre por encima de sus gafas con una mirada de expectación que me parecía le concedía un plus de empeño a su deseo de adoptar. En las afueras del Chamorro balanceábamos los columpios en los que se montaban las niñas de cuatro y cinco años y las tardes guardaban un don de paternidad merecida, un ejercicio de curso sin necesidad de psicólogos donde sin darnos cuenta adquiríamos nuestro certificado más íntimo de idoneidad, el que no requería sello de ninguna ventanilla.

El Chamorro dotaba al encuentro de signos personales. Nos conocíamos en el plano concreto de nuestra voluntad por ser padres y al hacerlo dotábamos esa solidaridad mutua de unos lazos que parecían convertirnos en conocidos de toda la vida. Luego cuando el grupo fue creciendo, las reuniones comenzaron a celebrarse en Las Lomas, un hotel en la colina de Mérida a su salida hacia Madrid, donde los sábados vespertinos se convertían en una ensalada de gentes donde se cruzaban invitados con trajes relucientes que a esa hora entraban a una boda en el hotel, y las parejas que miraban y que preguntaban confundidos por un tal Fernando Hernández que les había dicho que esa tarde habría allí una reunión de la asociación. Es verdad que él podría haber dado trasunto oficial a su trabajo como presidente. Ya se sabe, estas cosas que se hacen, dirigir con maneras aseadas los cometidos de un grupo y enumerar a los adoptantes, mientras te miran con esos ojos perplejos de un alpinista que aún no ha visto la cima, la cadena de documentos que tendrán que reunir para imaginar en un futuro difuso y casi de otra vida la llegada de su hija.

Pero Fernando no era, nunca fue, el presidente de Andeni, era un cómplice que escudriñaba los miedos de aquellas personas que a veces se preguntaban por qué aquel desconocido les quería tan claramente ayudar. En los papeles oficiales que yo firmaba con él y que me identificaban casi por azar como secretario de la asociación, veía siempre su firma suave que era puro contraste con las gruesas muñecas de sus brazos. Debajo en tinta de ordenador ponía presidente y me parecía hasta cierto punto injusto porque la sequedad burocrática no describía ni de lejos lo que realmente era él en el grupo. Era sus manos, su instinto, su paciencia y su compromiso, la voz que con fluidez de locutor otorgaba una calidez inesperada a futuros padres atribulados que le llamaban por teléfono al trabajo con cierto sigilo para pedirle, por favor, si aquella tarde podían verlo en su casa porque tenían unas cuantas dudas que plantearle. Y era ahí donde nacían los puentes, donde el canasto invisible de una adopción cogía la concreción de unos mimbres como nadadores de un río que se sorprenden con balizas que no imaginaron encontrar cuando bajaron al cauce.

¿Has contado, Fernando, las horas de tardes azules que transcurrieron pacientes retirando las esquirlas de duda que padres encogidos te traían mientras observaban pálidos el perfil de etapa del Tour con que ponían ante ti su expediente de adopción? Cuántas tardes también girando la cabeza para mirar en el pasillo el andar fugaz y rápido de Isabel y Silvia, tu otra hija adoptada, e imaginar, es posible, el rastro de niñas aún futuras que en las palabras débiles de sus padres comenzaban ya a habitar los pasillos de la vida de su nuevo tiempo.

Con pulcritud de domingueros, hojeamos páginas de suplementos de periódicos y sentimos una compenetración bienintencionada con voluntarios que están en el Tercer Mundo y que arriman el hombro para ayudar a ganar cuartas de dignidad a poblados llenos de pobreza. Y parece, tal vez porque todo lo de aquí se ve más cotidiano, que cuando ese hombro se pone a la vuelta de la esquina, que ese trabajo es bueno, pero que no es tan pleno, que no tiene la altura poderosa de los abrazos ofrecidos a miles de kilómetros. Quizás la llave, Fernando, tu llave, estaba ahí. En la cercanía de abrigo y guía que diste desde tu casa, que se convirtió por necesidades burocráticas y curiosamente con merecido matiz familiar en sede ocasional y perenne de la asociación. Aquella vocación de abrigo que sin saberlo del todo aprendiste de aquella anciana inglesa que colaboraba en el orfanato donde estuvo Isabel, y que te mandaba a Mérida cartas simples con una verdad tan rotunda que era como una llamada para no olvidar la piel enfermiza y vana de las niñas que allí quedaron.

En Monfragüe había nevado y Fernando, aquel 29 de enero, se despedía en Plasencia como presidente de la asociación. No sé por qué lo recuerdo como una coincidencia de fríos y lo retengo ahora, no en el momento en que se produjo, tal vez porque la entidad de las cosas a veces necesita tiempo para dibujarse como una materia más visible. Un grupo de padres adoptantes, ese día, le hizo un regalo. En la reunión se había prometido a sí mismo que no echaría una lágrima y quienes le conocemos sabíamos que no lo haría. Comenzó a rajar el papel que protegía el regalo y por su tamaño y forma era fácil suponer que se trataba de un cuadro. Lo miró, no dijo nada y le dio media vuelta. Allí estaban las fotos de 251 niñas y dos niños. El cielo dulce, vital e irrepetible de las 253 adopciones realizadas durante nueve años, los nueve años de su firma recta y geográfica en aquellos papeles de escritura oficial que él ni yo nunca supimos conocer del todo. Tal vez porque todo era más que nada la biografía de su esfuerzo, la certeza concreta de ojos rasgados que él ayudó a traer como una mano que guarda semillas y las expande con un sentido del oficio persistente y tozudo.

Fernando fuma ahora a la salida del trabajo, justo en este instante puede que nos la vea, pero estas fotos viajan en su vereda durante horas inopinadas del día. Son la expresión de una sorpresa en un parque de Azuaga, la boca sobre un lápiz en un colegio de Montijo, la mano de un abuelo que la lleva a casa desde una esquina de Los Santos, el capricho de unas palomitas en la plaza de Plasencia o un nuevo balanceo en los columpios de Trujillo. Sabes, Fernando, todas en España han aprendido a dar un kiss. Mientras miras como un Buda, en este último brillo de la mañana, un atlas circular de niñas invisibles y reales te observa desde la amplitud de los lugares donde ellas están ahora mismo. No muy lejos, en la distancia concebible que tú ayudaste a crear. Todo convertido en una caja inmensa que parecía vacía y que guardaba los besos de un relato infantil de la antigua China que un día te gustó contarnos.

Aunque hay noches, en las horas quebradas de los sueños inciertos, que vuelves a ver esa caja vacía y una imagen se te pega como una daga a su herida, inquieto por la extensión de una punzada de impotencia que te dejó demasiadas marcas adentro. Tiene un nombre precioso y se llama Me Ming. Cuántas veces él soñó que sus ojos volvían a despertar, cuántas veces él dibujó unos padres que acariciaban la frente de aquella niña enjuta e ingrávida que murió unos días después del rodaje de “Las habitaciones de la muerte”. Por qué no había flores en su cuna de color de tierra. Por qué te atormentaba aquel plano congelado. Por qué sentías tan tuya aquella culpabilidad inundada de cieno. Al menos por una noche, por qué nadie dejó una caja de besos guardada en la esquina de los regalos que ella nunca pudo tener. En esos sueños, aunque tú no las veas, hay muchas manos que te rozan la piel. Son tantas como cada pliegue de las niñas adoptadas en China que hoy viven aquí. En ellas florece el cielo de Me Ming, el río de loto que crece y perdura y que ella siempre mereció. Vive en ellas, Fernando, vive en el trabajo que tú secretamente le prometiste cumplir. El pacto íntimo que vino de China junto a Silvia e Isabel. Un acuerdo profundo de corazón y tiempo que el curso de tus días se esforzó en cuidar. Como la brisa que un hombre adivina venir mientras niñas de Oriente soplan el aire que la vuelve a mover.



 
 

UN, DOS, CHACHACHÁ

por siloente @ 04.10.2006 - 14:43:32

Grego levanta el brazo izquierdo como si no le perteneciera, como si fuera el de otro de sus alumnos que también escuchara sus lecciones y las aplicara con un talento inesperado y prodigioso. Alto, con una barriga inexplicable por la soltura de sus movimientos, Grego observa a las parejas desde una seriedad relajada y les repite con voz clara los pasos que él procura fijar ante las miradas de pupilos que se sorprenden de haber entrado tan rápido en los detalles de una bachata o un chachachá.

Hoy es el primer día de clase. La tarde ha tenido esa imprecisión desubicada que a veces tienen las fechas de septiembre, donde aunque hayas salido con manga corta, el atardecer sorprende con una brisa demasiado fresca que traiciona la ligereza con la que por la mañana saliste al acontecer del día. Al entrar en el centro social, las voces en el salón del fondo te recuerdan el ajetreo nervioso que los colegios muestran seis o siete días antes de las vacaciones de Navidad, cuando los niños se apresuran excitados a rematar los ensayos del Belén viviente que escenificarán el 22 de diciembre o vuelan por los pasillos para comprar en la tienda cercana las guirnaldas con las que adornarán las aulas.

Grego se expresa como un sargento amable, no llama al cumplimiento estricto de sus normas, pero sí apunta una exigencia lo justamente precisa como para que los recién llegados lo intenten con seriedad y un poco de vocación. Lleva a Nieves de sus brazos con una facilidad extrema, ni siquiera parece que bailen. Entregados al compás fluido, si miras sólo sus cinturas parece como si se hubieran elevado unos centímetros del suelo y no rozaran las baldosas, simplemente las hicieran llegar una breve ráfaga de corriente de aire que levantan con sus pies convertidos en abanicos sobre el espacio estrecho que ocupan.

Fuera las luces de la calle se acaban de encender. Enseñan bailes de salón a 18 mujeres y dos hombres. Y no me extraña la desproporción irreparable porque siempre he creído que en el común de los hombres hay una falta tan notable de gracia innata que su reconocimiento nos hace desertar de estas aficiones sin siquiera intentarlo. Ellas disfrutan con la seguridad de que su torpeza primeriza, que no todas tienen, desaparecerá conforme avancen las clases y desde el principio tararean alegremente la música salsa, aunque sus pasos se muevan a una distancia sideral de la naturalidad mágica que Grego y Nieves expanden por la sala. Ella apenas da instrucciones, sus caderas se balancean con una exuberancia casi en el límite de ser un poco exagerada, pero al no sobrepasar la frontera minúscula, exhibe una sensualidad primitiva y poderosa como si el baile la aliviara de doce o trece años y regresara a una juventud juguetona y desinhibida.

Grego coge el mando del equipo de música, lo baja apretando una tecla en dirección al volumen y vuelve a hacer sonar otra canción. Se ve que no le gusta que la sala quede ajena al fragor de maracas, timbales y saxo, y aunque tenga que elevar su voz para que nadie pierda sus consejos, continúa moviéndose sin vacilación mirando siempre a las parejas y ajeno a ese brazo izquierdo que continúa moviendo el paso de Nieves con una seguridad indiferente y libre. "Acordaros del tiempo para dar la vuelta", les dice, "y no os adelantéis a la música, nunca por delante de la música". Es imposible que las parejas eviten del todo ese matiz de carencia huérfana que produce ver sólo mujer con mujer. Y eso que aquí hay una feminidad desposeída, una coquetería hasta cierto punto marginada porque las mujeres bailan con chándales usados y poco a poco impregnan la sala de un sudor húmedo e invasor que extiende olores que uno siempre imagina masculinos, con rímeles que se desprenden de los párpados y camisetas que se pegan a la espalda en una instantánea parecida a los gimnasios de pesas y planchas de abdominales. Se obstinan por intentar llevar la soltura de los dos monitores, pero, al tropezar sus pies, se dejan llevar por una risa floja y culpable y vuelven al ritmo con una timidez que intentara esconderse de alguien que las pudiera haber visto.

Uno de los dos hombres que bailan puede tener cerca de 40 años. Usa una camisa corta azul tibio, que tiene un nombre escrito en el pecho que no logro leer. Se refleja la luz de los tubos fluorescentes sobre su calva avanzada y aflora sobre el mentón una perilla que me hace recordar el aire cardenalicio de algún obispo ordenado demasiado joven. Baila bien, con desparpajo, confiado en sus pasos y en los de la mujer que le acompaña y con aparente lejanía de las pautas que repite Grego. Me resulta curioso fijarme en él porque disfruta sin manifestar nunca con sus gestos que le gusta mucho bailar. Si me lo encontrara por la calle, lo imagino vistiendo blusa blanca y corbata y entrando en un centro de salud como representante de un laboratorio farmacéutico o hablando desde un portal, a través del portero automático, como vendedor de seguros de hogar. Se gira sobre su pareja y la coge las manos por detrás, y acercándose suave no se confunde en ninguno de sus pasos y parece como si ya hubiera bailado infinidad de veces la misma pieza.

Grego pide al grupo que haga un corro en el centro y mira a las mujeres que ahora tiene más cerca. "Traedme a más chicos, que los quiero conocer", les dice, "que esto es muy pobre si aquí no hay variedad. En casa o en todas partes, podréis mandar vosotras, pero en el baile manda el hombre y no me llaméis machista porque es bonito que sea así". Nieves no le presta demasiada atención, prefiere seguir el juego de sus brazos con un entusiasmo que la convierte disimuladamente en una alumna más, pero con la gracia natural de sus caderas sinuosas que vuelan en el espacio mínimo donde los dos bailan con un revoloteo afinado de gorriones entre aleros.

Algunas mujeres muestran síntomas de un cierto sofoco mientras airean su cara con las manos. Pero no se quejan y aceptan voluntariosas la premura de Grego para coger de nuevo el telemando y poner ahora otro merengue o una cumbia. Una mujer ya mayor con el pelo teñido de un amarillo muy pálido obliga a su compañera a ralentizar sus movimientos, pero lo realiza con tal estilo que apenas se nota y no desentonan, pese a que casi rozan con sus codos el vendaval de flexiones y ritmo en el que persisten sus dos profesores. Es lunes, pero en la clase de baile el ambiente parece haber cruzado como un rayo la secuencia de la semana para aterrizar en ese matiz de prisa alegre y despreocupada que otorgamos a los viernes cuando a la salida del trabajo, la tarde invita a una cerveza en los veladores del parque o a un paseo por la calle principal.

"Un, dos, chachachá, un, dos chachachá” canta Grego mientras gira con Nieves y se mueven en círculo como formando ruedas de carrusel junto a las otras parejas. Les pide que no se miren sus pies y que dejen que la música conduzca la coincidencia de las vueltas y del siseo de las zapatillas que rozan al unísono el suelo cuando en el casete una voz colombiana repica “chachachá, chachachá”. Se ríen con ese aire de ebriedad que se sube a la cabeza con la repetición de los giros e intentan vanamente imitar a los profesores en una rapidez imposible que en las alumnas se ofusca y termina provocando algún traspiés inocente y lógico.

La sala se adensa con el olor más penetrante del sudor profuso y Nieves recuerda, antes de concluir, que esta semana volverán a encontrarse el miércoles, pero que, a partir de la siguiente, las clases serán martes y jueves para alternarlas con el curso que ellos también dirigen en la barriada de los ferroviarios. Salen del salón y las mujeres echan de menos una sudadera que olvidaron traer porque no pensaron que el estreno traería tal ración de brío y cansancio aceptado. A la puerta del centro social, una de ellas enciende un cigarro y lo hace con tal expresión de placer que la primera bocanada parece un soplido muy íntimo sabiamente reservado como si fuera ante un balcón frente al mar. Enfrente, el frutero termina por colocar en el interior de su tienda la última de las cajas de manzanas y nueces que deja durante el día en los filos del bordillo, y de la librería sale un universitario que acaba de hacer un buen puñado de fotocopias. Ellos se impregnan de la rutina severa con que el inicio de la semana se apodera de nuestros gestos y acciones, pero la mujer que fuma parece venir de un palacio desconocido, que hizo que quince metros al fondo el lunes tuviera una promesa de vitalidad tan sublime como la que sólo nos traen las minucias felices; ésas que son casi imperceptibles en su origen como un giro, dos movimientos y el brazo de Grego que aún parece viajar en un baile inacabado en la sala ya oscura donde la alegría perduró hasta dos minutos antes.

COMO SIRENAS DE ULISES

por siloente @ 10.08.2006 - 10:54:36

Desde la ventana, veo el juego simétrico de las barras de aluminio, entre verdes y azules, que culminan el tejado del edificio del plató. Por la mañana, el sol se proyecta sobre ellas y más abajo deja definir toda su claridad sobre los ladrillos de la fachada de un rojo barro ya descolorido por el paso del tiempo. Urbano está sentado tras su mesa en forma de ele. A su derecha tiene el ordenador y enfrente la madera de formica que queda escondida bajo papeles donde se mezclan recortes de prensa, copias de mensajes electrónicos y un cúmulo de folios que viaja por las lindes más curiosas de historias de fútbol, rutas culturales por Las Hurdes y récords de atletas extremeños.

En los ratos más inopinados, cuando un cruce por el pasillo me hace reparar en su puerta abierta, me gusta entrar en el despacho de Urbano. La escena tiene algo de toreros antiguos que desde un burladero esperan contemplativos y un poco ajenos la salida de un nuevo novillo. No responde a un impulso ni es el requerimiento para dotar al instante de consistencia mutua, simplemente es dejarse llevar por esa proclamación próxima y hedonista que otras veces otorgamos al don de una cerveza en la barra del bar o al hecho de mirar desde el banco de un parque mientras esperamos a alguien. La conversación pasea por una tranquilidad que parece enviar el momento a un tiempo futuro, tal vez el que uno supone ya de viejos, cuando a las puertas de un extraño hogar del pensionista, me veo departiendo con él sin ningún sobresalto, sin ningún diente de sierra en una charla donde ya nadie pretende convencer a nadie, donde la vida ya nos ha dado tantas pistas que resulta presuntuoso presagiar horizontes a trayectos conocidos porque sólo sería jugar a rodear palabras y porque el instante quedaría privado de esa levedad fácil que lo hace grato.

Era junio y en la empresa volvían los rumores de reducción de plantilla. Ante los tablones los ojos se dispersaban frente al tráfico denso de las hojas sindicales y, sentados en la barandilla baja y ancha de la escalera, no era difícil coincidir con reporteros o técnicos para hacer pronósticos brumosos de traslados a Madrid o calcular con benevolencia la prejubilación de un compañero para suavizar la derrota de decir adiós al trabajo con 52 años. Es cierto que esas cábalas también las hacía con Urbano en su despacho y rumiábamos un escenario de pugnas a veces inescrutable y otras teatral entre la empresa y los sindicatos como un combate dirigido a distancia para contemplar al final un arreglo más o menos aliñado en el que repartir parabienes y logros entre unos y otros.

Pero esos días coincidían con el Mundial de Alemania y cruzar con Urbano impresiones sobre los partidos del día anterior servía para distraer la mente de las preocupaciones fijas y dotaba al fútbol de una clara virtud para escapar de esta categoría de hormigas que, más de lo acostumbrado, nos asignan las circunstancias, las que llevan a vernos un poco inútiles ante los planes que dictan las altas tribunas donde en listados de nuevas plantillas aparecíamos y desparecíamos como Alicias volátiles en un país de espejos trastocados. Las conversaciones sobre el Mundial tenían además una cierta prolongación alegórica porque, vistas desde el prisma de un deseo de distancia, eludían el ruidoso folclore que impregna el fútbol cuando lo abordamos con futbolerismo y propiciaban la tibia certeza de que ver las cosas con una prudente mirada aleja los espejismos que el entusiasmo regala con demasiada frecuencia.

Mientras los diarios deportivos se escoraban ante la rentable tentación económica de vender más ejemplares trasladando a la selección española del borde del abismo al podio de la gloria, Urbano hojeaba mentalmente estadísticas y detalles y se quejaba de los arbitrajes que habían tenido los equipos africanos. Repasaba los penaltis birlados a Costa de Marfil, Ghana o Togo y le agriaba ver que selecciones que comenzaban a superar el listón de equipos simpáticos, porque mostraban maneras de fútbol competitivo, no pudieran demostrar su valía ante los mejores, los equipos que, con afán castizo, él y yo siempre llamamos de pelo en pecho.

Yo le relataba la extraña sensación de ver casi en soledad en el bar de Quintana, durante el sábado y el domingo, los partidos de la primera fase del Mundial. Allí sólo me encontré a Ezequiel apurando un café mientras veía un partido de Suiza a las cinco de la tarde. Ezequiel había trabajado en la construcción en Basilea durante dos inviernos y una vaga simpatía le animaba a ver los partidos de la selección helvética. Cuatro hombres jugaban a la cuatrola en una mesa al fondo y otros tres, con miradas cansinas, apuraban cubatas duros de siesta en la barra de la cafetería. Los planos del realizador a veces llevaban las imágenes al graderío y Ezequiel miraba con cierta compasión el resoplido y la sensación de sudor pegajoso que destilaban los aficionados suizos amodorrados en la zona de sol del estadio de Dortmund. El albañil recordaba los inviernos duros con las manos encalladas trabajando entre cimientos, vigas y hormigón y ahora sonreía frente a los seguidores de ese país con la sordina de una leve venganza que en el fondo era una camuflada expresión de ternura. Frei y Barnetta hicieron que Suiza ganara aquel partido a Togo por dos-cero. No fue demasiado entretenido, pero sirvió para deleitarse con algunos apuntes que siempre convierten al fútbol en algo parecido a una pequeña enciclopedia donde de casi todos sus vocablos siempre se aprende algún matiz. Entró en el bar un vecino de Ezequiel que enseguida le preguntó qué día jugaba España contra Arabia Saudí, y él le contestó con educación, pero sin ganas diciéndome a continuación que no es un aficionado de verdad quien sólo ve los partidos de su equipo o de su selección porque al final es como mirarse al ombligo o como aquél que dijo que había viajado mucho y nunca había cruzado la frontera de su país. Asentí como un cómplice convencido porque me recordó cuando mi suegro afirma, con indisimulada indiferencia hacia el equipo de Chamartín, que los madridistas únicamente ven por la tele los partidos del Real Madrid y que cuando no tienen opción a ganar ninguna competición desertan del televisor y se olvidan de los transistores hasta el próximo otoño.

Urbano, el martes siguiente, hacía recopilación de las liguillas de cada grupo del Campeonato. Quería creer que Inglaterra haría algo en este Mundial, se resistía a pensar que Gerrad, Lampard, Joe Cole o Roonie fueran a pasar como jugadores de medio fuste por Alemania y buscaba un argumento para regatear incluso a su propia lógica, porque, visto lo visto, él ya intuía que a la hora de la verdad sólo llegarían las selecciones de siempre. Y las enumeraba con una rapidez de memoria de catecismo, dándole igual el orden concedido, pero mascullando que son casi eternamente las que dan la cara: Alemania, Francia, Italia y Argentina. Deliberadamente se olvidaba de Brasil y aludía a la coletilla que el presentador repetía en las retransmisiones de la tele, el tiqui taca, el tiqui taca de la canarinha para presagiar que veía a la selección del jogo bonito preñada de narcisismo y con un escaso compromiso para ponerse a pico y pala cuando vinieran mal dadas.

Urbano cogía un folio usado por un lado y lo ponía del revés. Me decía, con la convicción de quien no ve cosas nuevas, que las estrategias de los entrenadores apenas diferían de las ya vistas en la última Champions League y trazaba un rectángulo sobre el papel para atisbar las líneas de un campo de fútbol. Rellenaba de negro puntos redondos para ubicar la teórica posición de los jugadores y salía la forma geométrica de una pirámide. Cuatro defensas, me explicaba, tres pivotes, dos medias puntas y un delantero nato. La base de un equipo se construye desde la defensa hacia el ataque y se concibe para recibir el menor número de goles posible. Luego, seguía Urbano, tú puedes añadir variantes a este sistema y me ponía los ejemplos de Francia y Portugal, que habían apostado claramente por dos pivotes defensivos, Makelele y Vieira en el caso de los galos, y Costinha y Maniche en el de los lusos, para disponer arriba de cuatro hombres con vocación ofensiva que tienen que atesorar ese plus de talento con el que se zanja en los momentos precisos la suerte de un partido.

No existen poesía ni Reyes Magos en las nociones del fútbol, remataba Urbano, y me ponía el ejemplo de Alemania que en los últimos cuatro Mundiales nunca había perdido una tanda de penaltis cada vez que había llegado a ella. Tres semanas después, cuando Italia ganó el Campeonato y leía una entrevista a su seleccionador, la receta de Marcelo Lippi me recordaba la partitura de Urbano. Lippi decía que a igualdad de individualidades lo que decide un partido es el sacrificio físico que están dispuestos a asumir los jugadores y la fortaleza mental y colectiva que demuestren. Y casaba con la letra porque el fútbol, al igual que la NBA en Estados Unidos, exige, cada vez más, a jugadores que aspiran a la condición de atletas y que convierten en una obsesión dolorosa para los rivales la difícil tarea de hacerles encajar un gol. No se puede despachar la tanda de penaltis, añadía Urbano, como si fuera una simple advocación a la fortuna, el azar de una ruleta. Es una faceta del juego como lanzar un falta o preparar los saques de esquina. Se tiene que planificar con la seriedad que exige un momento crítico de la contienda y no se puede abandonar al albur de la suerte a la espera de que siempre llegue el auxilio postrero y salvador de un periodista para calmar la conciencia escribiendo que la fatalidad doblegó el destino del equipo.

En las vísperas del España-Francia, los diarios deportivos ya salían con aquel famoso eslogan de que "vamos a jubilar a Zidane". En su despacho, él me hablaba de Ribery y de la dificultad de jugar contra los bleus con una defensa adelantada como habíamos hecho contra Ucrania o Túnez. Es casi imposible ser infalibles en la táctica del fuera de juego durante noventa minutos. Y más cuando tienes enfrente a un lanzador como Zidane que puede congelar el balón en un largo segundo y enviar al hueco para la carrera desde atrás del volante izquierdo o derecho. Así fue luego como nos hicieron el empate y como yo recordaba que Brasil había vencido a Ghana cogiendo a tres cuartos a la defensa africana y superando la línea horizontal de los zagueros con tres pases precisos.

El día posterior, leíamos con escepticismo la prensa deportiva. Se volvía a caer en la decepción secular como recién llegados de una borrachera de anís y las crónicas eludían detenerse en una visión global de cómo se iban resolviendo las diferentes eliminatorias para buscar al menos ciertos síntomas de por qué seguían unos equipos y otros se marchaban a casa. La tinta viajaba por los caminos trillados para balbucear los estereotipos de "jugamos como nunca y perdimos como siempre", y alguien volvía a elucubrar sobre el modelo de juego que tenía que seguir España para el futuro porque nosotros, decía, no tenemos la condición física de Alemania o Suecia, olvidando que Italia es un país mediterráneo y que jamás se ha arrugado cuando ha tenido que aceptar el reto de un partido jugado a cara de perro asumiendo el sacrificio y la exigencia de una eliminatoria sin concesiones. Y olvidaba también la trayectoria de los portugueses, vecinos nuestros, con un equipo también construido para actuar con eficacia en partidos igualados y que con oficio y brega se plantaron en las semifinales.

Nos equivocamos en la benevolencia con nuestros jugadores. Estuvimos cerca en el Mundial de Estados Unidos. Nos faltó ese punto de genialidad que tal vez no pertenecía a Salinas cuando entonces falló en el mano a mano con el portero italiano. Esa genialidad que sí nos devolvió Roberto Baggio cuando acto seguido resolvía ante Zubizarreta con el pulso medido de quien saca petróleo de un solo disparo. Pero aquel equipo de Javier Clemente era fuerte, hecho con mimbres de jugadores corajudos y bien aliado con una idea de sacrificio durante noventa o ciento veinte minutos. Si esa idea no se tiene, se necesita una selección de genios del balón para salir adelante y aun así si ellos renuncian a correr nadie garantiza el triunfo como comprobó Brasil en su cruce con Francia.

Urbano se incorpora del respaldo de la silla y reparte sus dedos como una ardilla premiosa entre un cuadrante de días con anotaciones de previsiones deportivas y el teclado del ordenador. Puntea sobre el icono de favoritos y quiere que yo vea las imágenes del nuevo campo del Arsenal en la web de los gunners. No sé por qué una foto azarosa me recuerda el gesto tímido de Zidane y le digo que el francés me sorprendió en Alemania. Yo le recordaba perdido y sonámbulo en los últimos partidos de la liga española y me producía desazón verlo sudar a los quince minutos de un partido contra el Deportivo de La Coruña como si fuera el anfitrión de un partido de casados contra solteros. Urbano se levantó y se fue hacia la balda de un armario metálico. Con la seguridad de un bibliotecario de monasterio volvía a levantar sus colecciones de recortes de prensa y me entregaba uno. Era del 23 de junio de 2003 y hablaba de la gloria de San Zinedine. Con pose de premonición antigua, Urbano me decía que nunca en el Madrid se llegó a ver al mejor Zidane, a pesar de que cerremos los ojos y veamos toda la vida el gol que coló por la escuadra al Bayern Leverkusen en la final de la Copa de Europa. Nunca le dieron en el Santiago Bernabéu los galones que siempre tuvo en la selección francesa porque por su carácter nunca pareció probable que los exigiera para caer en un pulso mediocre de protagonismos artificiosos entre estrellas que en el fondo tenían menos brillo que él. Aún me acuerdo del gol que le metió de falta a Santiago Cañizares en una Eurocopa de selecciones y sin embargo apenas tiró de libre directo vistiendo la camiseta blanca. O la mirada de autoridad que le dedicó a Víctor Bahía antes de batirlo en un penalti resuelto sin concesión a la duda para dejar a Francia en una nueva final europea. Sin embargo, tampoco ningún entrenador blanco puso su nombre en la pizarra como primera opción madridista para lanzar las penas máximas. Pasó el tiempo escorando por obligación sus mejores artes a la banda izquierda para permitir la baza de jugadores menos buenos que él y aun así destacó como sólo lo hacen los mejores con la finura de quien sabe mucho de fútbol aunque le manden a encalar paredes y tapias.

El fútbol tiene algo o, tal vez mucho, de alegoría de la vida. Los aficionados españoles nos hemos pasado media vida oscureciendo epítetos frente al fútbol italiano y hemos tenido que ver como esa media vida ha transcurrido sin que nunca España llegara a una final de los Mundiales y que los azzurri ya levanten cuadro dedos para sellar el número de entorchados que tienen. Adornamos las tardes de los domingos hablando de lo que nos gusta el fútbol espectáculo y nos llevamos a la almohada el deseo corpulento y sagrado de los triunfos. Nos inventamos la palabra resultadianos para afear la conducta de los entrenadores que buscan sobre todo la victoria y, sin embargo, no recuerdo todavía ninguna afición en el mundo que, después de ganar un campeonato, haya decidido quedarse en casa para no festejar el triunfo en protesta por el fútbol rácano o defensivo que ha practicado su equipo.

Urbano vuelve a sus folios para dibujarme una línea discontinua sobre otro terreno de juego. Me reitera la filosofía que plantean los entrenadores más allá de sus ruedas de prensa aligeradas por la búsqueda de titulares diarios. Los equipos se suelen construir bajo la correlación de dos planos. Seis jugadores que definen su trabajo con la premisa sobre todo de proteger la portería y los otros cuatro, de tres cuartos para arriba, para decidir en calidad y tino. Aunados por una idea de solidaridad para saber subir y bajar en el terreno de juego como el abrir y cerrar de una acordeón que suena una y otra vez.

No podemos escapar al grosor firme y, a veces, tramposo de las palabras y, aunque intentáramos pulirlas al máximo, el ejercicio no sería del todo útil porque las cosas para capturarlas tienen que conservar su primera expresión, y en esa fugacidad nos describen. Es un acto reflejo que incluso nos hace más reconocibles merodeando las chismes de esta historia llamada fútbol. Tal vez sólo haya habido dos selecciones que en la historia se acoplaran a una identidad muy perdurable en su estilo de fútbol: Brasil e Inglaterra. Los cariocas porque nadie trata el balón como ellos con ese tacto de piel manzana que sirve para amasar el esférico y que se dibuja con esa plenitud de óleo sobre el campo cuando de verdad se ponen a jugar como ellos saben, sin amaneramiento y escrupulosamente certeros. E Inglaterra, que en sus triangulaciones y con los balones al área, siempre parecieron remontar la bruma de los estadios húmedos, adaptándose como nadie a ese origen cercano al rugby que tuvo el fútbol en las islas. Pero a pesar de las identidades, todos los equipos tienden a parecerse en una peregrinación hacia una hipotética aldea global de las tácticas. Los grandes futbolistas siempre estarán un escalón por encima del resto, pero Francia sólo entró en el pabellón de los elegidos cuando comprendió que había que correr y sacrificarse para cruzar el arco del cielo. Y Grecia, en la Eurocopa de Portugal, vino a reclamar que los operarios, aplicando la insitencia de albañiles tozudos, a veces levantan casas inesperadamente grandes.

Urbano repasa una y otra vez sus conclusiones y observa los partidos con esa quietud despierta con que a veces los viejos de los pueblos miran a los forasteros que acaban de aparecer por la plaza del ayuntamiento. Me gusta hablar con él de fútbol. Es como coger un par de entradas y subir hasta el anfiteatro masticando pipas con la promesa de disfrutar de los pequeños detalles que transforman este deporte en un argumento propicio para el ágora. Quizás con esa sobria enseñanza con que petulantemente confieso me parece imaginar a los antiguos griegos venerando el mito de Olimpia.

Diseccionamos un partido, una liga o un Mundial y es en el fondo nada, tal vez una cierta vengaza de la disección real y plena con que a 400 kilómetros gentes desconocidas mueven y voltean números para una reducción de empleo. La mente no es bueno que quede varada en el oleaje engorroso que trastea el destino, por eso la hacemos viajar a la simbología efímera a la que el ocio nos empuja como sirenas de Ulises. Fabio Capello dijo que los futbolistas son unos privilegiados porque sólo trabajan dos horas al día, tal vez nuestro privilegio sea mirar esas dos horas y levantar todo un entramado de percepciones dispersas para descontar cincos minutos en el despacho de Urbano y proponer cinco más a la mañana siguiente cuando así la casualidad o el "pasaba por aquí" lo dispongan si otra vez quieren.

TENTACIÓN INFANTIL

por siloente @ 24.07.2006 - 14:20:19

No sé si sería porque aquella mañana me acompañaba una tristeza absoluta, la dureza de un sentimiento descarriado que nadie es capaz de consolar, pero inicié aquel viaje con miedo sabiendo que tenía que hacerlo, pero huyendo a la vez de emprenderlo como ignorando que aquel día fuera realidad y sólo me apeteciera girar las manecillas de un reloj hacia atrás y encontrarme en otro lugar y en otro tiempo con la felicidad relajada que produce la infancia donde se tiene una noción desperdigada de las cosas tangibles y se vive más en las proyecciones que dibuja nuestra imaginación que en el peso de los acontecimientos reales.

Quizás por eso no puse la radio del coche en ningún momento, aunque tuve intención de hacerlo cuando conduciendo por la autovía dejé a la derecha Trujillo, aliviado momentáneamente por el rayo difuso de tranquilidad que produce ver las torres de su Plaza Mayor clareadas por el sol matutino de las primaveras esparcidas y amigables. Pero no, no encontraba en mí mismo ese hálito de espíritu valiente que echo de menos en las circunstancias difíciles cuando me paraliza un sentimiento de nervios y cobardía que me dobla la voluntad y una apretura en la garganta colapsa el pulso firme que tanto deseo en las experiencias adversas. Entonces me vuelvo fatalista y hueco, chasqueo con la lengua y pongo nerviosos a quienes me conocen, incapaz de almidonar un pensamiento con cierta madurez o al menos con cierta lógica.

Aquel camino hacia Alcorcón tenía para mí tantos síntomas de desconsolación que prefería dejar mi mente circunscrita al único hecho de conducir un coche y sólo relajaba la mirada de vez en cuando hacia la izquierda donde el azul del horizonte, pasado Almaraz, se confunde con la altura de las montañas de La Vera y algunas nubes parecen bajar a los picos como si definitivamente no quisieran seguir viaje y prefirieran disiparse arrulladas por un fino calor mendigo y cauto. Recuerdo que apenas paré durante el trayecto, a lo sumo una parada en una estación para echar gasolina y entrar fugazmente en el cuarto de baño. Tras reemprender el viaje sí sentí que me fastidiaba el olor a gasoil que quedó entre mis manos tras coger la manguera y me sorprendía que al entrar en el váter ni siquiera se me ocurriese detenerme ante el lavabo. Tal vez porque lo único que quería era llegar cuanto antes y no deseaba perderme en la carretera que salía de la autovía en dirección al cementerio antes del cartel de Alcorcón.

El día de antes, José Mari, el hijo de Dolores, me había explicado cómo llegar, pero no escuché con precisión sus indicaciones, sólo una vaga idea del recorrido y luego pensé que preguntaría a alguien si me surgía la duda en cualquier cruce. Aquella llamada telefónica fue sólo la confirmación de una noticia previsible. Isabel, en la residencia de ancianos, apenas ya se incorporaba y la obesidad perenne que la había acompañado durante casi toda su vida oprimía sin tregua los pulmones rendidos después de más de 20 años de achaques y visitas a nutricionistas y médicos. Al desconsuelo se unía un cierto sentimiento de culpa. Durante toda la carrera me había alojado en su piso de Alcorcón. Me preguntaba cómo la prolongación posterior de los años, ya viviendo en otros lugares, hace fraguar lentamente el velo de la distancia, que crece casi con ritmo natural porque ya no compartes las historias que se nutren de los contactos y no eres capaz de enlazar con el día a día de alguien a cuyo paisaje estrecho y familiar perteneciste. Todo sometido a llamadas que, cada vez más, se postergaban en el tiempo porque éstas, llega un momento, se acostumbran a cinco o seis comentarios comunes y ya no dan pistas cálidas del presente de las personas abriendo un foso que se ensancha sutilmente y que nos reduce al papel de conocidos extraños, incapaces de recobrar las complicidades antiguas.

Al llegar al tanatorio yo sabía que su hija Dolores estaba ya muy enferma, pero en su aspecto no me pareció adivinar la debilidad creciente con la que el cáncer galopaba demasiado rápido por sus entrañas. Me dio un abrazo de brazos frágiles, pero lo sentí pleno con esa capacidad hermética y suave de los edredones mullidos. Lloraba y sentía sobre mis pómulos el roce húmedo de sus lágrimas lentas, era una humedad breve y acogedora como puntos suspensivos de gotas de agua que rozan tu piel en poros precisos y se agradecen con una cercanía muy superior a las palabras.

En los tanatorios, me vencen los ataúdes destapados detrás de cristaleras tan impenetrables como fronteras de castillos sombríos. Apenas que te fijes se ve un reflejo de tus ojos perplejos y perdidos sobre la lámina del vidrio, desorientado sin saber hacia dónde mirar y deseoso de unas palabras que vengan de alguien para disimular una aturdida espesura que te aflige sin remedio. No me gusta el ataúd abierto porque luego te queda dominadora y tiránica la imagen de esa cara inmóvil que tú muchas veces percibiste con toda su vitalidad. No me gusta porque luego esa imagen gana extensamente a otras muchas que tú conservas y no quieres que domine la tierra de los sueños intranquilos, noches en las que te enmarañas en inconsciencias dispersas y, sin embargo, como una ráfaga vuelven los ojos de cera helada que te asustaron aquel día del sepelio. Y lo sientes como una injusticia, como un aluminio frío que te roba los gestos y los silencios sabios que fueron el libro leído de la vida de Isabel. Esa magnitud de su corpulencia que, de niño, tú reclamabas cuando ella se sentaba en la silla de énea que tu padre tenía en el comercio de ultramarinos y la pedías que te diera un meneito. Te abarcaba con sus manos que tú sentías enormes y te hacía cosquillas y la saliva se te escapaba por los labios de tanto reír. Y se te hacía irreal verla allí tan infinitamente quieta en su entierro como si una de las dos escenas fuera sólo materia de la imaginación, inútil para discernir qué parte era más cierta en el esqueleto de tus sentidos: las cosquillas en la tienda o los ojos tapiados entre sus mejillas inertes.

Me senté al lado de José, el marido de Dolores, y me sorprendió, al mirar hacia el pasillo, la altura de junco terso del hijo de Tani. Antonio movía su adolescencia con la espalda ligeramente curvada, pero con sus ojos azules vivaces y atentos al ajetreo tosco de las salas de espera. Cuando vino el cura, Antonio se alejó. José me dijo que los sacerdotes le recordaban la muerte de su padre. Mirándole imaginé al muchacho con un sentido de irremediable extrañeza ante palabras de consuelo y resignación que él probablemente no admitía porque le resultaba insoportable que alguien procurara disponer de forma voluntariosa y abstracta una brizna de hierba en una tierra totalmente devastada donde la única realidad era la memoria de la muerte de su padre. Antonio cruzó sus brazos recostado en la esquina más distante como si fuera consciente de una prematura adhesión al ateísmo no por voluntad sino por la imposibilidad de calibrar que pueda existir una mínima concepción de equilibrios supuestamente divinos ante la realidad pétrea de verse despojado, en plena adolescencia, de las manos y las señales de su padre. El sacerdote se santiguó ante el cadáver de su abuela y se fue a otra sala. Antonio volvió y también lo hicieron sus tías, Dolores y María, que quisieron ver el rostro de Isabel antes de que dos auxiliares pusieran la tapa al féretro.

Camino del cementerio yo me acordé del mes de septiembre del año 2001 o 2002, no sé exactamente cuál porque noto de un tiempo a esta parte que se me pierden las secuencias temporales y que los transcursos se me hacen mentalmente más cortos, tal vez porque, por una predilección a la vez deliberada e inconsciente, comience a compartir esa convicción de los mayores de que los años se pasan volando. Septiembre sí sé que era porque estábamos de vacaciones en la playa de Rota y las temperaturas se rociaban de cierta tibieza en la claridad ya no tan larga de las tardes finales del verano. Fue Dolores quien me llamó al móvil. Me dijo que Tani había muerto la última semana de agosto y me quedé varado en una sensación secundaria preguntándome por qué ella no me había avisado antes. Quizás me refugiaba artificialmente en aquella pregunta intentando eludir el núcleo de la consternación como una huida que quisiera rechazar lo evidente o como si yo desease darme una prórroga para intentar digerir con una cierta postergación la evidencia bruta de una ausencia total, de la muerte de un amigo a sus 49 años. No sé por qué razón me ha quedado muy fijo un recuerdo: durante aquella tarde entré con mi hija en la piscina y mientras ella chapoteaba intentando llegar al borde, yo me sumergía con un deseo ávido de no escuchar las voces de alrededor, de introducirme en una soledad donde la presión del agua cerrara mis oídos y me trasladase a una negrura voluntaria y lenta. Apretaba mis párpados procurando que el sentimiento escapara de lo recién sabido y quería viajar a un tiempo anterior que yo conscientemente prefería imaginar perpetuo para no comprobar la impotencia que el futuro, consumado aquel día, me había traído.

Hasta esa fecha, los funerales y esquelas habían sido en mi vida como circunstancias simplemente observadas, una suerte de confusión e inseguridad de la que se salía frugalmente con la expresión de un pésame o con el recuerdo de alguien que me llegaba al interior con tacto pálido y disuelto. Pero la muerte de Tani creció en mí como una constelación de la carne propia, con la fuerza de un golpe sobre la mesa a la que sigue una voz grave y herrumbrosa que sin ninguna compasión nos dice que bajo las lápidas hay jirones de nosotros, que la muerte es un patrimonio tan nuestro que nos derrumba con facilidad, con tanta que queremos huir de ella puerilmente sumergiéndonos en una piscina para que el pensamiento se pare.

Volvía aquel desconsuelo de septiembre durante el entierro de Isabel y me embargaba la viscosa inseguridad de los destinos injustos donde no atinas a comprender por qué yo sigo vivo y él o ella, no, con el miedo fijo de no entender porque tú conservas la integridad de tu respiración y tu pulso y enfrente, quien también los tuvo, simplemente es una parálisis, una boca de mina clausurada y sin retorno. Miré entonces a Dolores que se sentó ante un seto frente al panteón de su familia. Estaba cansada, pero sobre todo la vencía en ese justo momento una percepción penetrante de enfermedad, decaída, esposada a la frontera de su cuerpo enfermo donde ella ya no parecía reclamar pasaporte y visado para cruzar y salir de él.

Hay noches que se abren a sueños de viento de invierno, en fragmentos inconexos aparece Dolores y yo luego la recuerdo en un pugna irreal apretado al calor de aquel abrazo que me dio cuando llegué al tanatorio y helado al momento siguiente contemplando la fragilidad de los codos sobre sus rodillas mientras permanecía allí sentada esperando el final del funeral de Isabel. En esa perplejidad mía e inmadura veo también la forma de un libro, abierto a la mitad, que está labrado en piedra sobre la tumba de Tani . Allí alguien quiso recordar su pasión por las carreras de fondo, por aquella petición de espaguetis o macarrones a Petri, su mujer, cuando concluía una media maratón y hablaba de recuperar energías con una buena dosis de hierro y vitaminas. Maldita salud que luego le prohibió un futuro, si él iba desde Entrevías al Ministerio de Sanidad en bicicleta para trabajar en aquel despacho al que había llegado pocos años después de emigrar a Madrid, si él se metía entre pecho y espalda 23 ó 24 kilómetros corriendo acompañado por los colegas con los que entrenaba en aquel parque al lado de casa. Maldita salud que no avisa ni medio milímetro, que te traiciona como una mala amante y que no atina por lo menos a sugerir un mínimo adiós el día que ya sabe que nunca volverá.

Ese libro, donde alguien también escribió el placer postrero de Tani por el camino de Santiago como un peregrino que aún abría sus expectativas a los años probables que le pertenecían por encima de todo. En la página de piedra las palabras sueñan con una carrera de Tani entre calles del firmamento, las zapatillas ajustadas y bien ceñidas para recortar tiempos en maratones que rodean las estrellas y precedidas de unos entrenos que él siempre hubiera previsto hacer ilusionado y a conciencia con la solidez de un atleta de cierto ademán prusiano, convencido de aguantar bien cada serie de diez kilómetros para ultimar sin improvisación una buena puesta a punto antes del día inmenso de la gran carrera. Pero le entreveo también en la fragilidad de Dolores postrada ante el seto, con la extenuación de no poder librar con éxito la batalla injusta, la constatación de una suerte esquiva que fue para él y para ella, con toda la crudeza de enfermedades férreas que hacen saltar por los aires la supuesta prolongación hasta la vejez de los ciclos de la vida.

Cuando dos meses después de la muerte de Isabel, José Mari me llamó para decirme que su madre acababa de morir, ya no quise volver a Alcorcón, no quise pisar la puerta del tanatorio donde ya no me esperaba el abrazo mullido de ella. Me vencía con una contundencia plena el miedo de nuevo a unos ojos cerrados en un ataúd abierto. Y no fui, con un abatimiento cobarde, con la desazón del que cede a sus fantasmas, con la rebeldía inútil de quien no acepta la evidencia porque yo los conocí mientras vivían y así los sigo viendo en los fragmentos intermitentes de los días iguales cuando sin saber por qué una ráfaga, una casualidad, un parecido me los devuelve. Me resisto con docilidad e irracional persistencia a la herida de las muertes próximas y no sé convivir con ellas, creo que nunca sabré convivir con ellas. Aunque sepa que la terminación es nuestro destino fijo e irredento, huyo de los ojos cerrados en ataúdes abiertos porque continúa bullendo en mis adentros una negación abstracta de la finitud de la vida, aquélla que percibí como una sacudida temblorosa y áspera cuando llegaron las muertes en poco más de un año de una madre, Isabel, y dos de sus hijos, Dolores y Tani.

Meses después en ruta hacia Zaragoza y pasando por la nacional V a las espaldas del cementerio de Alcorcón, me santigüé. Era como si me sintiese apaciguado y obediente ante la certeza enteramente maciza que otorga el tiempo a las cosas e intentaba imaginar, divisando a lo lejos las cruces y cipreses entre las lápidas, el silencio que siempre deseo suave y noble para que vigile con la lealtad de un amigo el círculo de los rostros allí detenidos que yo conocí. Sin saber por qué sigo sintiendo el deseo de pedir perdón, tal vez por la debilidad que a veces me hizo ser como un niño escondiendo la cabeza debajo de un cobertor, esperando la promesa imposible de que aquello era irreal y que al salir de las sábanas el regreso al pasado me volvería a llevar a un tiempo habitado por la continuación de sus vidas.

Me refugié entre colchas de huida en aquella piscina de Rota, esa huida que me llama y que procuro contener con seguridad incierta cuando el ocaso siguiente de alguien cercano me acecha. Es el miedo al pasadizo del final de la vida. El que me gustaría mirar un poco de frente y con el temor al menos en parte domado. Pero no sé y al no saberlo manoteo inútilmente como queriéndolo negar incluso en las despedidas ya consumadas. A ellos les veo vitales e íntegros en las instantáneas fugaces que el mejor azar me trae, donde sus expresiones se hacen materia en el corredor de mis recuerdos. Y es entonces cuando siento la improrrogable tentación de la memoria de la infancia, la que con rastro prolongado aún me sorprende situando anclas y rutas en mi madurez, una madurez que tal vez por ello no es siempre capaz de hacer fuertes, valientes y seguros los interiores del alma.

CORTINA DE HUMO

por siloente @ 14.06.2006 - 20:36:43

Mira los ojos con matiz de desafío, vuelve a cruzar sus piernas y el labio inferior lo fija con disciplina para cerrar la boca en un gesto de concentración. Belén Esteban no espera una pregunta de la periodista, espera un trozo de cristal roto, un dardo que imagina de filo agudo del que tendrá que defenderse y que devolverá con palabras cortantes tejiendo un telón alto e invisible para mantener a una cierta distancia las incursiones de esa gente que pregunta y que está frente a ella también por dinero. La noche de antes había estado ya en una tertulia del corazón y ahora hacía doblete por la mañana. Los mismos vericuetos, las mismas historias de roces y enigmas artificiales que se interpretan con dosis de novedad irreal, dispuestas a regar un camino en barbecho, pero que aportan eficazmente un pasto fértil a quienes abonan el simulacro.

Belén gradúa sus respuestas, las expone con el oficio de una actriz de teatro peleón y no elude la brega animosa de los comentaristas reunidos para sacar un jugo seco, pero efectivo a la razón de la escena. Tuerce compasiva unas palabras lentas para aludir a infidelidades de su antiguo suegro, imprime una expresión de conocimiento previo cuando alguien la interroga sobre disputas entre hermanos que ella tal vez pudo intuir y resuella como una gata en territorio ajeno cuando las curiosidades le instan a hablar de las estrategias silentes de un nombre que se remacha con fondo de relato secreto: la Campanario. Y en ese "la Campanario" o "los Ubrique" hay una acentuación de saga televisiva, una búsqueda de mil capítulos recorriendo grietas de debilidad, miseria o incultura para dar carrete a un guión que el público viene a ver una y otra vez. Belén incluso apaga su voz con tono de nostalgia para dejar en el aire un hilo de amor tal vez aun viviente que agrada al curioso y que ella pone ahí cerrando la frase no aludiendo a Jesulín sino al padre de su hija.

Navego en este argumento repetido con el relax de quien se sienta en una butaca de cine y recibe a oleadas sin preguntarse por qué los contrapuntos de una historia rutinaria. Porque esto tiene mucho de patio de vecino, de esa curiosidad primaria que ya no se concreta al mirar desde la ventana y que se nutre desde el botón de un mando. Y se acepta el tícket tal vez porque es gratis, tal vez porque la vida se instala en monotonías diarias y cubre agujeros periféricos con los bordes de oquedades que otros te cuentan que tienen gentes alojadas por un azar o una flecha en el quiosco que llaman de la fama. Este rito es en realidad un porro que se fuma para abandonar la mente en una burbuja sedada donde nuestras normalidades flotan como astronautas abobados y se sustituyen temporalmente por un cacho de simpleza banal, pero curiosamente envolvente, con ese punto de atracción que tiene el tiempo torpemente perdido.

Y es así como alimentamos la elección fácil de los dueños de este poder electrónico, tan fácil como la invitación servicial con la que en una película de Robert de Niro me fijaba en un criado chino que saludaba prudente ante un fumadero de opio donde gángsters veteranos dejaban en una tregua disipada sus travesías y silencios. Es como un paréntesis en la definición tenue de los trayectos humanos a la vez contumaces y desvalidos, buscados e involuntarios. Ese paréntesis también me surge extrañamante ante ese humo de baile de discoteca que los políticos diseminan cuando adornan la existencia, sobre todo en el éxtasis del tumulto de los votos cuando en la noche del recuento levitan con voces solemnes y suficientes hablando de lo madura y civica que es la sociedad y del ejemplo que encarna en la responsabilidad de sus actos. Una o dos mañanas después, el humo se esfuma y cuando el último síntoma queda apagado regresa a la pantalla la mirada teatral e inquietante de Belén Esteban con ese presagio de vecina familiar que vuelve con sus cuitas y que devuelve el salón a un aire de plaza jubilada y mansa. Los dueños del chiringuito televisivo lo saben y simplemente dan correa al cebo propicio que los peces pican. Porque el río es una pantalla y la pantalla un poco de nuestra vida.

BALIZAS EN LA ACERA

por siloente @ 02.05.2006 - 17:04:46

Con pelo grasiento y un andar achaparrado que le suma más años de los que en realidad tiene, se coloca en la calzada, justo al lado de uno de los coches aparcados, como no queriendo interrumpir el tráfico que a esa hora baja por la calle Cava, pero a la vez apuntando la posibilidad de colocarse un poco más al medio para ralentizar el paso de los automóviles y requiriendo a uno de ellos a que se fije en el hueco que se acaba de abrir en el fragmento de la acera por si alguien quiere estacionar allí. Parece que le persigue un arrebato obsesivo porque es incapaz de quedar parado y constantemente eleva sus manos exigiendo una atención que la mayoría de los conductores ignora de forma deliberada. A veces se queja en voz alta y con despecho musita un taco enajenado por la tardanza de un deseado cliente que por fin se decida a aparcar. La calle se divide por una acera en la franja central que da opción a cuatro líneas de aparcamiento. Hace unos años fue recorrido de estacionamiento limitado y todavía si se mira las rayas blancas pintadas en el suelo, se adivina el hilo azulado de los rectángulos discontinuos que parcelaban la zona de pago. Luego desapareció y los aparcacoches quisieron ver en aquella calle una taquilla de pequeñas recaudaciones al aire libre que les permitiera hacer bolsa para atender los gastos diarios que esclavizan y deterioran pausada e irremediablemente su vida.

Por fin una mujer se anima a aparcar. El gorrilla toca el chasis de su parte frontal como si así refrendara que ese coche pertenece al cometido inmediato de su franquicia de servicios. En voz alta, pero picado levemente por las secuelas de algún tercio de cerveza mañanero, reclama al conductor de atrás que se detenga simulando proteger a la mujer que va a iniciar la maniobra y recordando en realidad a ésta última que el contador de su falso trabajo se ha puesto en marcha. A ella se la ve no muy experta mientras gira con signos de cierta desorientación en su pugna con la marcha atrás. Su intención parece emparedada entre la incomodidad de haber detenido el tráfico impaciente que detrás avisa con rugir y las palabras pegajosas y apremiantes del aparcacoches que quiere obtener cuanto antes su comisión. Éste, ya en la acera, y atrayendo con su mano la ruta del turismo, pide a la chica que cambie la dirección y gira sus dedos tan deprisa, describiendo varios círculos en una secuencia de dos segundos, que más bien parece que ella deba mover el volante como si estuviera en el cubilete de un carrusel de feria. Y le llegan los pretendidos consejos del gorrilla como una amenaza latente, ampliada su incomodidad por el temor a que la impaciencia de él se incremente irracionalmente y termine dedicándola algún insulto amortiguado, pero perceptible.

El aparcacoches grita "toda y sigue, sigue" y la chica comienza a vencer sus nervios, aliviada por la seguridad de que ya no interrumpe el paso de los otros coches. Cuando sale del suyo, el gorrilla la mira con ojos profundos y la reclama la voluntad, una voluntad obligada, exigida por la premura con la que extiende su mano y cargada con el límite de la cantidad que él crea mínimamente aceptable y que ella debe adivinar. Hay en esa ceremonia un chirrido de coincidencia impenetrable, deseosos los dos de finiquitar el instante y testigos de una distancia que, en el caso de él, le seguirá guiando a laberintos de una marginación que lo tiene sujeto para siempre. Su exigencia parece dotarle, en la tribu de la calle, de una superioridad que él administra con aplastante indiferencia, donde hace mucho tiempo que desapareció un cierto sentido del ridículo o la asunción de un mínimo de dignidad hacia fuera.

La mujer rasca con sus dedos el fondo del monedero sin mirarlo a él, entreteniendo la mirada en la gente que pasa por la otra acera e intentando adivinar el grosor exacto de la moneda que quiere darle sin que parezca premeditado, aunque en el fondo lo sea. Por fin saca un euro y el gorrilla lo coge con la declamación de un gracias que se convierte en parte en una despedida momentánea como queriéndola instar a que regrese a este sitio otra mañana, donde él seguirá para indicarla con un manoteo que allí vuelve a haber un hueco. Ella recibe el adiós como el ascenso de una baliza en un paso a nivel con barreras liberada del trance furiosamente cotidiano y pesado de aparcar el automóvil lo más cerca posible del centro de la ciudad, vigilada por estos espejos del deterioro.

En otro lugar, en La Rambla, los gorrillas establecen incluso reinos de taifa. Improvisan en la calle un tablero de estrategias y como en los tratados de armisticio de ilustres diplomáticos determinan con exactitud cuál es el vado permanente o el trozo de calle que fija el territorio de aparcamientos que controlará cada uno. Sucede que las fronteras a veces son borrosas o ellos mismos concluyen repentinamente que toca variar las rayas imaginarias en función de los intereses. Y así se confabulan incursiones al otro lado si el emir del pequeño reino está lejos y no se percata de que un coche comienza la maniobra para estacionar en un hueco de sus dominios. Las cuitas fronterizas abren las carnes de los dos rivales y se enzarzan en una discusión agria y repetida acercando las cabezas hasta el mismo límite de las narices como futbolistas irritados por una zancadilla a destiempo. Sus cuellos, delgados y sucios, se hinchan con venas y fulgor de color rojizo y se increpan al albur de códigos barriobajeros que no pasan de palabras a dentellada por mucho que crujan en la tarde apacible.

Durante dos meses puedes ver a uno de ellos gobernar concienzudamente el trozo de calle que domina. Sin embargo, hay un día que de forma inesperada desaparece y no lo vuelves a recordar hasta que tiempo después merodea en los alrededores de la estación de autobuses siempre con esa convicción espesa de vagabundo errante, parásito de una mentira de oficio que le identifica como un perro enfermo en fase terminal. Al mediodía, emprenden la peregrinación a San Lázaro o hacia un descampado. Allí les espera la diosa tramposa de sus sueños: una papelina que engañe con un rumor totalmente insuficiente el mapa de carencias que su cuerpo multiplica.

Y es entonces cuando me gustaría acudir al servicio inexistente de un vidente del pasado. Alguien que me dejara observar, muchos años atrás, cómo fue la infancia de este vagabundo, en esa planicie de apariencias iguales que nos regala la niñez. Qué pasó el día exacto cuando él sentenció que la escuela no servía para nada o cómo le explicó a sus amigos que, a diferencia de ellos, él, no se sabe por qué, no movería un dedo para encontrar al menos el presagio de un trabajo. ¿Cuándo una sombra de ser humano empieza a ser sombra? ¿Qué silencios anegan inmensos una posibilidad de reacción que se hunde irremediablemente como un ahogado ante aguas traidoras?

De los gorrillas que he visto en las esquinas nubladas, hay caras que desaparecieron y que casi podría recordar, pero hay otras que vagamente puedo volver a suponer en las ropas raídas y gestos crepusculares de los aparcacoches de hoy. Hay una constatación en su presencia de un tiempo tan enfrentado a su propio futuro que al final te vence la rutina neutra con la que observas sus ademanes mientras conduces el coche. Están aquí, en el paisaje de trozos de acera donde un hombre o una mujer espera la subida de una baliza a la par que un vagabundo certifica el tamaño de su nada gritando al conductor que siga con la marcha atrás hasta que él diga.

UNA CATACUMBA

por siloente @ 25.04.2006 - 12:53:33

Enrosca su cerviz con la pulcritud de un erizo viejo y mira las cuerdas de la guitarra eléctrica buscando una precisión de relojero paciente y veterano. Las yemas de sus dedos parecen delimitar el aire en el interior de una campana de cristal y sólo se escabulle de ella para corregir a Clemente alguna nota o pedir a Juan que no entre con la voz antes de tiempo. Diego da clases de religión en el colegio del pueblo. Mientras lo miro difícilmente me le imagino explicando a los niños que van a hacer la comunión el sermón de la Montaña o cuáles son los libros del Pentateuco. Diego no refrenda su pasión musical con pelos largos que se acuestan sobre los hombros y sólo el apunte de una perilla muy afilada parece dotarle de una seña, más bien pusilánime, que lo acerca al territorio estético del rock.

El alcalde del pueblo les cedió, hace ocho meses, un cuarto exiguo de lo que un día fue el consultorio médico. Es difícil vaticinar para qué se utilizaría entonces porque su forma en ele y su estrechez de pasillo raramente hace pensar que fuera el despacho de un médico para atender a los pacientes. Ahora sus paredes se afanan en reivindicar una liturgia musical que nunca antes tuvo. Cuelga un póster de AC-DC con toda la carga de enardecimiento que uno siempre otorga a sus recitales y enfrente, bajo los pechos sólidos de una rubia minuciosamente atrevida, se señorean en un tatuaje los labios y la lengua del anagrama carnoso de los Rolling Stones.

Son cinco años vadeando este río de conciertos y ensayos en el que ellos navegan con dosis ya empatadas de ilusión y sacrificio. Hoy faltan Manu y Emilio. Manu porque se hizo cocinero para comenzar a ganarse el pan en un restaurante de Madrid y Emilio porque la Universidad en Cáceres le impide bajar al pueblo tantas veces como él querría. Miércoles y viernes Diego, Clemente y Juan se sellan entre estas cuatro paredes como cajas de zapatos apiladas entre estantes y huyen de la realidad del día acorazando sus oídos con los ritmos poderosos y secos de sus canciones leales. Clemente y Diego comienzan a puntear el preludio de un tema que titularon Deep and Dry y Juan baja la cabeza antes de cantar. Escriben sus letras en inglés. En parte porque así enaltecen una fidelidad que tal vez de otra forma harían menos suya y, en parte también, porque Diego, en realidad el compositor del grupo, se acostumbró tanto de adolescente a oir rock en inglés que le costaba dar vida a melodías en su cabeza ajenas a la prontitud, giros y monosílabos de aquella lengua rasgada que a fuerza de escucharla ya no se le hizo extranjera.

Habían elegido diez canciones que les llenaban de entusiasmo las tardes intemporales de ensayos y posiblemente espoleados por la devoción de algún amigo sintieron el hormigueo de querer explorar las veredas que entonces no creían tan difíciles y que, les decían, culminaban en la publicación de un disco. Titularon el álbum Take it like a man. Una discográfica de Santander les prometió que lo llevaría a todos los rincones de España, pero habían pasado más de dos años y la promesa tenía ya el aire desvaído y caduco de las esperas que mueren en el puro olvido. Cuando grabaron las canciones, Diego tal vez llevado por una lucidez escéptica decidió hacer un buena colección de copias por ordenador y a diez euros la pieza, en discobares, conciertos y con el boca a boca, consiguieron vender más de quinientos discos.

Clemente toca el bajo con esa pasividad clónica con la que los rockeros se hechizan meneando sus cuerdas gruesas. Se sienta sobre la madera fuerte de un buffle hueco y alarga su pierna derecha como si la tuviera ortopédica. Esa mañana había comenzado la rehabilitación. Seis meses atrás se había roto el tobillo al saltar de una carretilla para palés y en los recitales donde había tocado desde entonces se escudaba al lado de Manu y también sentado como si fuera un batería suplente tocaba su bajo con resignación de apátrida y maldecía la ocurrencia de aquel salto infantil, absurdo y gafe.

Juan había escuchado desde los diez años los discos que su hermano Diego compraba contrareembolso tras hojear mil veces los boletines de Discoplay. No recuerda muy bien cuándo oyó por primera vez a Led Zeppelin y cómo se retorcía punteando el aire con sus dedos mientras simulaba tener una guitarra entre las manos. Las noches de sábado era esclavo del malhumor cuando en el pub Don Piper se repetía la música disco para hacer bailar a las chicas del instituto. Se matriculó en Filología Inglesa porque se cansaba de perderse entre las letras de las carátulas, incapaz de seguir el ritmo entrecortado y felino de los vocalistas anglosajones. Las canciones corrían más que sus ojos y le parecía imposible que los cantantes dijeran algo parecido a lo que él imaginaba leer. Diego un día le avisó que el estudio de grabación les prestaba el equipo si aprovechaban dos tardes durante el puente de un Primero de Mayo. Entonces no tenían vocalista. Todo dependía de que Juan arrimase un paso a sus deseos y no quedara escarnecido ante un micrófono de veras. Durante las idas y vueltas en el autobús al pueblo masticaba los estribillos de las canciones de Diego. Se esforzaba en retorcer su inglés gramático y juntaba las palabras en un deseo de velocidad para salir del aprieto. A veces arrastraba su voz intentando emular el sarcasmo indolente de Mick Jagger y como un culturista en el gimnasio musculaba sus tonos para dar garganta y látigo a las incursiones kamikazes de guitarra, bajo y batería.

Así nacieron a su mejor afición y hoy ensayan en el cuarto destartalado con olor a humedad e indicios de paseos nocturnos de cucarachas. Parece dominarles el oficio profundo y virginal que convierte esta gruta del antiguo consultorio en una catacumba de cristianos primitivos donde se entregan a un culto improrrogable y urgente. Diego venera su guitarra como si fuera una chica inaccesible que hoy le hubiera dicho sí. Juan se agarra al micrófono con el afán del primer concierto. Y Clemente se ausenta con los ojos cerrados mientras hace botar las cuerdas del bajo con sus yemas curtidas y callosas.

No pedirán a nadie en la calle que se unan a sus gustos, sólo aparecerán señales cuando en pequeños carteles en las puertas de los pubs se anuncie su actuación para la próxima noche. Allí volverán los cinco, si Manu y Emilio sacan horas de donde no existen, para oficiar su culto entre espuma de cerveza y antiguas cazadoras que todavía conservan con colores perdidos los dibujos de cuerpos cadavéricos y zombies amenazantes que Iron Maiden ponía en las portadas de sus discos. Viajan en un nado a contracorriente como si una máquina del tiempo les hubiera remitido a finales de los 70 y las décadas posteriores se hubiesen congelado. Hay una arena de isla de Ítaca en el antiguo consultorio, donde el rock da de mamar a sus nuevas criaturas codiciando una eternidad que en cuevas casi secretas planta semillas para perdurarse realmente. Estos jóvenes transitan por sus raíces y le prometen amor eterno como románticos decimonónicos que siempre cantaron a idilios concluidos y se encadenaron a su nostalgia con fervor de profetas.

EL PEQUEÑO TEMPLO

por siloente @ 04.04.2006 - 13:44:14

Se palpa una convicción de humildad y silencio, donde las descripciones no reconstruyen un intercambio hacia fuera. Sus figuras están adheridas al encuadre de una mirada que fija sus pupilas en la niña mártir. Ves a esta gente a todas horas. Pasas con el coche de mañana y ves a una anciana que se santigua. Al mediodía, cuando el tránsito de las actividades cotidianas está en su apogeo, siempre hay alguien que está parado allí como si hubiera escapado del día y su mente dormitara en una nube líquida que le concede una individualidad muy sola y muy buscada. Por las tardes, cuando el reloj ya ha superado las seis y media y te embalas porque ya no serás puntual en la clase de inglés, otra mujer se deja escoltar por la bolsa del supermercado repleta de conservas, yogures y pescado, y se yergue ante los barrotes del pequeño templo. Parece poseída por una voz queda y dibuja una ráfaga que crece entre la necesidad de expresar una petición y el peso de la angustia que la motiva.

Nunca me gustó que llamaran al lugar el hornito de Santa Eulalia. Es cierto que la expresión acoge toda la familiaridad que la gente otorga a este púlpito, pero veo en quienes rezan allí una simbología tan patente de introspección y de límites que pienso que esa solemnidad merecería posiblemente un concepto más sublime. Pero no importa en exceso.

Me arroba la admisión de fragilidad que late en la secuencia fija de hombres y mujeres ante la escultura de la virgen. Es un viaje al núcleo de las cosas donde percibimos que no controlamos realmente los mecanismos que mueven nuestras vicisitudes y destinos. Nos circundan mensajes que repiten ansiosamente que vamos a bordo de un siglo moderno, donde los avances siguen conquistando cuartas de territorio al azar y a la incertidumbre, pero siempre sabemos que será una disputa que nunca será del todo ganada. Por eso es bueno girar los ojos ante esta sana evidencia de los techos que concretan certeramente nuestras fronteras.

Un hombre, de unos 65 años, se retira la gabardina y la deja en el escalón al lado de la verja. Se sujeta en una de las barras y después de persignarse comienza a rezar. Gracias a la subida y descenso de su bigote cano, se adivinan sus palabras que parecen deslizarse por un silenciador y abre el paso para que otra mujer también ore sin ninguna timidez. Ella lleva una falda gris oscura y el resto, camisa y medias, es una plataforma de negros coronada por las rayas profundas de su cara. Esas rayas que recuerdan la herencia demorada de los años del hambre y la posguerra cuando el tiempo sólo existía para el trabajo, el esfuerzo y las carencias interminables. Los dos están entregados a una salmodia similar, pero no se miran entre sí, fijan su rostro en la figura de la niña mártir y rezan entre susurros. Hay una constatación de inquietud y de inseguridad y piden con esa mansedumbre y altura de quien sinceramente espera un giro positivo en el devenir de un quiebro que les aflige por dentro. Son como dos testigos que permanecen en conchas cercanas, pero a la vez incomunicadas entre sí. Su grandeza es, sin embargo, esa expresión de intimidad y de ausencia que ellos ofrecen ante la mañana concurrida sin esconderse ante nadie, sin ocultar su sentimiento.

Yo los observo con esa contradicción que supongo pertenecía a las preguntas permanentes de San Manuel Bueno mártir, y navego con ese pálpito de barca en medio de un río, portador de una consciencia que no es capaz de completar el círculo de lo que llamamos eterno e infinito y respetuoso con la honradez de quien se acerca hasta aquí para suplicar amparo ante una guía de sus creencias personales.

Al lado de la imagen hay velas encendidas dentro de recipientes rojos que parecen de plástico y los candelabros flanquean como guardias inmóviles la quietud del pequeño templo. Se ve un depósito de limosnas incrustado en la pared e incluso me doy cuenta de que hay que mujeres que viajan de copilotos en los coches que cruzan y que se santiguan al pasar ante el templete de la niña mártir.

Entre las seis columnas que rodean el enrejado se adivina una atmósfera que logra evadirse de los ruidos de la calle como si existieran puertas invisibles para asegurar un recodo al comedimiento y la reserva. Se marchan el señor mayor y la mujer de la piel estriada y durante un minuto el lugar queda solitario y expectante. Cuelgan de los candelabros estampas del corazón de Jesús y en el cristal un papel avisa de las celebraciones en la basílica con motivo de la Semana Santa. Este estrado es como un confesionario donde la gente se desnuda pálida y cautamente para dejar posar los signos de su fe. No intuyo en quienes aquí rezan apariencias sociales o costumbre adocenada. No sé si alguien se acercará desde esa actitud, tal vez sí, pero no me ha parecido verlos las veces incontables que me he parado a mirar. Llevado por una devoción que me recuerda los silencios solemnes de la parroquia de mi pueblo cuando yo era un niño, respeto este reguero de pasos que se detienen ante el templo y rezan. Por este sigilo de voluntades que reconoce que no está en nuestras manos toda la consistencia que a veces creemos tener y por la asunción de este límite visible que circunda la vida donde no hay realidades autosuficientes que alimenten invencibles un orgullo pleno y vano. Oran ante Santa Eulalia y yo los miro y pienso que los quiero por esa expresión de humildad que también creo siento propia, aunque no me acerque a rezar y viaje en una barca donde reman sobre todo interpelaciones para las que no llego a tener mimbres concluyentes y perennes.

MEDIEVO

por siloente @ 30.03.2006 - 14:42:59

El joven negro rasca su barba desperdigada con el índice y el pulgar de su mano izquierda. Mira al señor mayor con un atisbo de duda engañosa porque sabe que está ganando y que la partida no se le puede ir. Juegan a las damas sobre un tablero de madera. Los recuadros que deberían ser negros sobresalen y los blancos están hendidos en bajorrelieve. Por estos últimos circulan las fichas que son también de madera y que superan el tamaño que uno siempre calibra para las piezas del damero. Acompaña al señor mayor un niño que por su edad debe ser su nieto y permanece abstraído observando el roce de los dedos sobre la barba dispersa. Tal vez desearía coger alguna de las fichas que ya han sido comidas y que descansan al lado del tablero, pero no se atreve tal vez porque teme que alguien de los que miran podría reprochárselo. La tarde es desapacible. Hacia las cuatro estuvo lloviendo y aunque ahora parece que no hay aviso inminente de agua, el cielo en cualquier momento puede cargarse de nubes densas. La partida avanza hacia su fin. Un amigo del joven, que intenta flirtear con poca gracia con una chica de labios golosos, se acerca hasta el tablero y avisa al viejo de que coma una ficha que tiene a tiro. Su compañero gira la cabeza con gesto de desaprobación, pero lo hace más bien por formalismo, ajeno a la escasa importancia de la ayuda a su adversario y seguro, porque le faltan dos casillas para disponer de una dama, de que definitivamente ganará la mano. El niño persiste en su quietud similar a la que tendría en el banco de una iglesia en hora de catequesis y sus ojos sin ningún movimiento parecen hipnotizados por la tez del jugador como si quisiera tocar su piel para hacer más real el color rotundo de los rasgos de otra raza.

No muy lejos, en un tenderete que se protege con telas débiles de la tarde amenazante, un vendedor de unos 35 años, vestido de ropajes que le asemejan a un antiguo morisco de la España de los comuneros, habla con voz convincente y teatral a una mujer que curiosea entre las baratijas del mostrador. Él tiene en su mano una piedrita, un ojo de tigre, que la mujer le ha pedido coloque en una gargantilla. El buhonero relata el valor inmediato de las cosas bellas y su capacidad de atracción para sustraer la mirada de propios y extraños. Y habla de reyes del tiempo de los visigodos y que había monarcas que eran muy hábiles en el manejo de espadas y lanzas, pero la mayoría, dice, no tanto, por eso llevaban la corona sobre la cabeza en el campo de batalla para distraer con el lujo al enemigo y asestarle el golpe preciso en la fugacidad de la sorpresa. Con recursos de orador viejo, fabula que los reyes soldados incrustaban gemas brillantes en las puntas de la corona y hacían caer en la impaciencia a guerreros codiciosos que terminaban pugnando entre sí y matándose para intentar obtener la joya que soñaban inútilmente tocar. La mujer no interrumpía el relato, más bien lo escuchaba como un regalo añadido, no tanto por el argumento como por el brío que el comerciante sellaba en cada frase. Y lo dejaba seguir entretenida, tal vez como los soldados de la historia, en la brillantez de gema falsa que sus palabras inventaban. Con aire distraído el hábil charlatán metió en una bolsita los tres euros de la venta y comenzó a enseñar a otra mujer las cruces clavadas sobre un tablero cubierto con terciopelo viejo ya muy rozado.

Ante la entrada de algo parecido a una tienda de campaña, otro barbudo, vestido de arlequín, enfunda un sombrero de aire cómico y remates de cascabeles a un hombre gordo que justo un minuto antes concluía un cubata en uno de los quioscos del parque. El hombre se deja hacer y con ojos vidriosos y andares de evidente ebriedad, acepta coger dos cariocas que el bufón saca de la tienda. Al principio las mueve con torpeza y al intentar cruzarlas dibujando círculos ante su generosa barriga, enreda las gomas y caen ceñidas e inmóviles al abrigo de sus pies. Un niño se las vuelve a dar al convencerse de que el orondo señor no inclinará sus caderas para recogerlas del suelo. Y con sorpresa absolutamente inesperada, quienes estamos allí le vemos cómo las gira de nuevo con gesto hasta un punto alocado, y cómo las mantiene paralelas con una alegría de aspas que se alternan a buen ritmo ante la admiración también sincera del barbudo arlequín. Éste pide un aplauso y todos lo concedemos mientras el inaudito malabarista ya piensa en otro cubata porque el pulso conservado seguro le hace suponer que su cuerpo admitirá otra ración de ginebra y coca-cola.

A la vuelta de la iglesia de Santa María, los tenderetes se estrechan y a pesar de que los transeúntes intentamos eludir el choque de nuestros paraguas se hace inevitable el roce de varillas por el embudo difícilmente transitable en que se convierte el pasillo. Un vendedor con acento gallego y expresión rutinaria señala con sus manos las empanadas de bonito y los panes gigantes de maíz que se amontonan en su puesto. A su lado, una joven, también vestida de época, enseña a niñas de diez y once años los anillos que ella les dice se llaman del ánimo. Los acerca ante una lámpara cilíndrica y un poco sucia y al frotarlos las niñas comprueban ansiosamente cómo aparecen en sus bordes palabras como inestable, madura o enamorada. Una de las muchachas corre hasta su padre para solicitarle impaciente un par de euros. Media una riña recordando a la pequeña que serán las últimas monedas que tendrá esta tarde, pero ella parece no escucharlo y corre de vuelta para colocarse el anillo que enseña de nuevo a sus amigas mientras lo frota entusiasmada y folclórica.

Se aprietan los puestos conforme se avanza hacia la taberna irlandesa recién abierta al final de la manzana, y otro tendero, detrás de un carrito con una madera de menos de un metro cuadrado, vende libros minúsculos que permanecen verticales gracias al número abultado de páginas que cada uno tiene. Las portadas se alegran con colores chillones y dibujos que recuerdan a pequeña escala los antiguos carteles de los países del socialismo real como intentando retener una atención que sería imposible por su tamaño diminuto. Uno habla del pensamiento de Mahatma Gandhi, otro es un diccionario de español-francés, a su lado se anuncia una recopilación de más de trescientos chistes y en la esquina con su nariz puntiaguda de madera, otro ejemplar dibuja en su cubierta a Pinocho. Un curioso se retira las gafas y abre por la mitad El principito. Acerca sus ojos y mueve levemente los labios para seguir con lectura pausada los reglones de uno de los capítulos. Se fija en la contraportada, se pone de nuevo las gafas y demasiado indiferente deja caer el libro sobre el tablero. Con gesto de contrariedad amortiguado por el oficio, el vendedor aprieta sus bordes y lo coloca otra vez en posición vertical.

Justo enfrente otro tendero, más hablador, pesa sobre una balanza montoncitos de hierbas curativas. Con un pequeño cogedor de hojalata saca de las talegas ramilletes de hojas y los vierte en tres bolsitas que colocó sobre el peso. Habla con una anciana de pelo muy cano y la recuerda como un mancebo de farmacia cuántas veces al día tiene que tomar las hierbas y que no caliente en exceso el agua cuando utilice las infusiones contra la ronquera y los catarros. A poco menos de un metro y casi rozando sus hombros, otro tendero, disfrazado sin mucho acierto de mercader árabe, ofrece jabones que un cartel avisa están hechos al modo del siglo XIX. En un cartón plastificado se explica con letra de rotulador que en la elaboración se ha sustituido la grasa animal por aceite de oliva y que después se ha añadido por separado toda una miscelánea de productos como avena, arcilla, lavanda o limón. Cada pastilla, con esa forma antigua de los jabones Lagarto, pisa una tarjetita donde se concretan sus propiedades curativas. El jabón de arcilla hidrata los poros, el de polen cicatriza y el de geranio ahuyenta los mosquitos. Hay en este mercadillo toda una arqueología de reclamos y llamadas que lleva la huella de los antiguos comercios de ultramarinos, donde las bolitas de anís llenaban de color vitrinas redondas de cristal transparente, y la harina, el azúcar o la pimienta molida se vendían en papel de estraza. La gente pasea y se acerca a los puestos con una señal diluida en cada uno de sus pormenores dejándose llevar por una pereza fraternal que prolonga el tiempo como si las horas se apelmazaran y el reloj se abandonase también al asueto.

Un dibujo a modo de cartel de neón cuelga de un arco de varillas de alambre e invita a indagar en el rincón de la hechicera Morgana. Está vestida de bruja y lleva un sombrero picudo que tiene bordado en su centro una media luna de color violeta. Hay ninfas y hadas sentadas sobre telas que simulan ser alfombras donde se lee que se trata de figuras nacidas de prácticas rituales cada una con un singular documento de autenticidad. Una mujer, que deja caer sobre una ancha bufanda al cuello sendos pendientes de aro circulares y grandes, ha cogido para comprar una figurita de unos tres centímetros que parece una tortuga sobre una peana. La hechicera la rescata por un momento y de un cajón saca un folio. Explica a la mujer que en realidad se trata de un escarabajo de Egipto, un símbolo milenario con virtudes benefactoras para aquél que lo lleve después de un correcto conjuro. La fórmula consiste, y sigue hablando, en conservar la figura durante una semana dentro de un vaso lleno de sal. Pasados los sietes días, hay que limpiarla, nunca lavarla, y hay que dejarla en un rincón iluminado de la casa hasta que sea necesaria su ayuda. Al escarabajo se le pueden pedir deseos, pero para que los cumpla se debe guardar en una bolsita que no sea una pitillera o un monedero y llevarlo consigo hasta que la petición se haga realidad. La mujer sonríe cortésmente y durante un segundo parece como si quisiera preguntar qué sucede si el deseo no se concreta, pero elude el compromiso, paga a Morgana y deja que ésta ponga otro escarabajo justo en el hueco que ocupaba el anterior.

La tarde sigue amenazante en su aviso de agua, pero la lluvia no visita la plaza y me imagino a Morgana guardando en uno de sus grandes bolsillos una tortuga-escarabajo protegiendo el lugar para que la tregua se prolongue y los clientes no huyan. Flota en la atmósfera de la plaza una tranquilidad apetecible como si toda la gente participara de un acuerdo no escrito, rebeldes ante la pronta oscuridad de las tardes ya despedidas de invierno, y ansiosos de una luz, amiga de las calles, que nos hace vagabundos pegados a esta invitación que el mercadillo preside. Hay ganas de estar aquí con el mismo afán con que dentro de dos semanas volveremos a dedicar nuestros pasos a la amistad de las aceras durante los días de Pascua. Nos sale casi sin advertirla esa herencia del Mediterráneo que como los olivos nos enraíza al cielo y a la plaza abierta. Estos artesanos han venido de Asturias, de León y Galicia. Viajan para lucir sus viandas por los pueblos del sur e inventaron la historia de un mercado medieval para espolear ese deseo que casi nunca escondemos de ser hijos de la calle. Quizás sea nuestra sangre árabe, quizás el hedonismo de un tránsito vital que nos gusta resolver de puertas afuera. Tal vez por eso esta lluvia de hoy perdonó a la plaza. Para que un niño escoltara a su abuelo, para que un ojo de tigre reviviera lujos de reyes y para que el escarabajo de Morgana nos prometiera deseos de fantasía y leyenda.

EL JARDÍN PROHIBIDO

por siloente @ 13.03.2006 - 18:38:01

Recostaba su brazo derecho sobre el saliente de la máquina de discos y bajaba la cabeza. Quería aprender de memoria la letra de la canción y quería hacerlo cuanto antes para no tener que echar más duros y hacer sonar repetidamente la misma melodía. Aunque recuerdo que se ponía con frecuencia porque entonces Sandro Giacobbe estaba de moda y bastante gente de la que solía pasar por el bar Manolo, se acercaba a la máquina y elegía el mismo disco.

Mari Ángeles era tímida. En realidad, ella encarnaba la misma timidez que todos compartíamos, sólo que los chicos pretendíamos aparentemente superarla hablando con un desparpajo un poco forzado y soltando comentarios a veces sin ton ni son que merecidamente no despertaban en ellas el mínimo interés. Con orgullo fatuo descargábamos nuestra sorna caricaturizando el timbre de voz del cantante italiano. Creíamos así que engarzábamos la madera de una falsa altura que nos hacía creer dueños de una madurez que no nos pertenecía ni de lejos. Incluso en la broma parecía que queríamos aniñar a Mari Ángeles como si su gusto por Sandro Giacobbe fuera la etapa inmediatamente posterior a la afición por los peluches o al capricho por la bisutería de plástico que en Las Pasaderas se compraba en el quiosco del tío Paco.

Mari Ángeles se sumergía en la letra de la balada. Agachaba la cabeza mirando el panel donde estaban listados todos los discos que la máquina tenía y llevando sus dedos delante de la boca seguía en silencio la letra intentando que no viéramos el movimiento discreto de sus labios. Recuerdo que yo sólo me quedé con algunos fragmentos muy repetidos del estribillo. Aquella parte que decía “no lo volveré a hacer más, no lo volveré a hacer más” y “lo siento mucho, la vida es así, no la he inventado yo”. Pedro y yo exagerábamos nuestra risa para desaprobar el aire sensiblero que adjudicábamos a la canción. E intentábamos así realzar el acierto de nuestras predilecciones musicales. Nos gustaba el rock y el rhythm and blues. Y lo defendíamos con una pizca de chulería en parte porque era cierto