Mira los ojos con matiz de desafío, vuelve a cruzar sus piernas y el labio inferior lo fija con disciplina para cerrar la boca en un gesto de concentración. Belén Esteban no espera una pregunta de la periodista, espera un trozo de cristal roto, un dardo que imagina de filo agudo del que tendrá que defenderse y que devolverá con palabras cortantes tejiendo un telón alto e invisible para mantener a una cierta distancia las incursiones de esa gente que pregunta y que está frente a ella también por dinero. La noche de antes había estado ya en una tertulia del corazón y ahora hacía doblete por la mañana. Los mismos vericuetos, las mismas historias de roces y enigmas artificiales que se interpretan con dosis de novedad irreal, dispuestas a regar un camino en barbecho, pero que aportan eficazmente un pasto fértil a quienes abonan el simulacro.

Belén gradúa sus respuestas, las expone con el oficio de una actriz de teatro peleón y no elude la brega animosa de los comentaristas reunidos para sacar un jugo seco, pero efectivo a la razón de la escena. Tuerce compasiva unas palabras lentas para aludir a infidelidades de su antiguo suegro, imprime una expresión de conocimiento previo cuando alguien la interroga sobre disputas entre hermanos que ella tal vez pudo intuir y resuella como una gata en territorio ajeno cuando las curiosidades le instan a hablar de las estrategias silentes de un nombre que se remacha con fondo de relato secreto: la Campanario. Y en ese "la Campanario" o "los Ubrique" hay una acentuación de saga televisiva, una búsqueda de mil capítulos recorriendo grietas de debilidad, miseria o incultura para dar carrete a un guión que el público viene a ver una y otra vez. Belén incluso apaga su voz con tono de nostalgia para dejar en el aire un hilo de amor tal vez aun viviente que agrada al curioso y que ella pone ahí cerrando la frase no aludiendo a Jesulín sino al padre de su hija.

Navego en este argumento repetido con el relax de quien se sienta en una butaca de cine y recibe a oleadas sin preguntarse por qué los contrapuntos de una historia rutinaria. Porque esto tiene mucho de patio de vecino, de esa curiosidad primaria que ya no se concreta al mirar desde la ventana y que se nutre desde el botón de un mando. Y se acepta el tícket tal vez porque es gratis, tal vez porque la vida se instala en monotonías diarias y cubre agujeros periféricos con los bordes de oquedades que otros te cuentan que tienen gentes alojadas por un azar o una flecha en el quiosco que llaman de la fama. Este rito es en realidad un porro que se fuma para abandonar la mente en una burbuja sedada donde nuestras normalidades flotan como astronautas abobados y se sustituyen temporalmente por un cacho de simpleza banal, pero curiosamente envolvente, con ese punto de atracción que tiene el tiempo torpemente perdido.

Y es así como alimentamos la elección fácil de los dueños de este poder electrónico, tan fácil como la invitación servicial con la que en una película de Robert de Niro me fijaba en un criado chino que saludaba prudente ante un fumadero de opio donde gángsters veteranos dejaban en una tregua disipada sus travesías y silencios. Es como un paréntesis en la definición tenue de los trayectos humanos a la vez contumaces y desvalidos, buscados e involuntarios. Ese paréntesis también me surge extrañamante ante ese humo de baile de discoteca que los políticos diseminan cuando adornan la existencia, sobre todo en el éxtasis del tumulto de los votos cuando en la noche del recuento levitan con voces solemnes y suficientes hablando de lo madura y civica que es la sociedad y del ejemplo que encarna en la responsabilidad de sus actos. Una o dos mañanas después, el humo se esfuma y cuando el último síntoma queda apagado regresa a la pantalla la mirada teatral e inquietante de Belén Esteban con ese presagio de vecina familiar que vuelve con sus cuitas y que devuelve el salón a un aire de plaza jubilada y mansa. Los dueños del chiringuito televisivo lo saben y simplemente dan correa al cebo propicio que los peces pican. Porque el río es una pantalla y la pantalla un poco de nuestra vida.