No sé si sería porque aquella mañana me acompañaba una tristeza absoluta, la dureza de un sentimiento descarriado que nadie es capaz de consolar, pero inicié aquel viaje con miedo sabiendo que tenía que hacerlo, pero huyendo a la vez de emprenderlo como ignorando que aquel día fuera realidad y sólo me apeteciera girar las manecillas de un reloj hacia atrás y encontrarme en otro lugar y en otro tiempo con la felicidad relajada que produce la infancia donde se tiene una noción desperdigada de las cosas tangibles y se vive más en las proyecciones que dibuja nuestra imaginación que en el peso de los acontecimientos reales.

Quizás por eso no puse la radio del coche en ningún momento, aunque tuve intención de hacerlo cuando conduciendo por la autovía dejé a la derecha Trujillo, aliviado momentáneamente por el rayo difuso de tranquilidad que produce ver las torres de su Plaza Mayor clareadas por el sol matutino de las primaveras esparcidas y amigables. Pero no, no encontraba en mí mismo ese hálito de espíritu valiente que echo de menos en las circunstancias difíciles cuando me paraliza un sentimiento de nervios y cobardía que me dobla la voluntad y una apretura en la garganta colapsa el pulso firme que tanto deseo en las experiencias adversas. Entonces me vuelvo fatalista y hueco, chasqueo con la lengua y pongo nerviosos a quienes me conocen, incapaz de almidonar un pensamiento con cierta madurez o al menos con cierta lógica.

Aquel camino hacia Alcorcón tenía para mí tantos síntomas de desconsolación que prefería dejar mi mente circunscrita al único hecho de conducir un coche y sólo relajaba la mirada de vez en cuando hacia la izquierda donde el azul del horizonte, pasado Almaraz, se confunde con la altura de las montañas de La Vera y algunas nubes parecen bajar a los picos como si definitivamente no quisieran seguir viaje y prefirieran disiparse arrulladas por un fino calor mendigo y cauto. Recuerdo que apenas paré durante el trayecto, a lo sumo una parada en una estación para echar gasolina y entrar fugazmente en el cuarto de baño. Tras reemprender el viaje sí sentí que me fastidiaba el olor a gasoil que quedó entre mis manos tras coger la manguera y me sorprendía que al entrar en el váter ni siquiera se me ocurriese detenerme ante el lavabo. Tal vez porque lo único que quería era llegar cuanto antes y no deseaba perderme en la carretera que salía de la autovía en dirección al cementerio antes del cartel de Alcorcón.

El día de antes, José Mari, el hijo de Dolores, me había explicado cómo llegar, pero no escuché con precisión sus indicaciones, sólo una vaga idea del recorrido y luego pensé que preguntaría a alguien si me surgía la duda en cualquier cruce. Aquella llamada telefónica fue sólo la confirmación de una noticia previsible. Isabel, en la residencia de ancianos, apenas ya se incorporaba y la obesidad perenne que la había acompañado durante casi toda su vida oprimía sin tregua los pulmones rendidos después de más de 20 años de achaques y visitas a nutricionistas y médicos. Al desconsuelo se unía un cierto sentimiento de culpa. Durante toda la carrera me había alojado en su piso de Alcorcón. Me preguntaba cómo la prolongación posterior de los años, ya viviendo en otros lugares, hace fraguar lentamente el velo de la distancia, que crece casi con ritmo natural porque ya no compartes las historias que se nutren de los contactos y no eres capaz de enlazar con el día a día de alguien a cuyo paisaje estrecho y familiar perteneciste. Todo sometido a llamadas que, cada vez más, se postergaban en el tiempo porque éstas, llega un momento, se acostumbran a cinco o seis comentarios comunes y ya no dan pistas cálidas del presente de las personas abriendo un foso que se ensancha sutilmente y que nos reduce al papel de conocidos extraños, incapaces de recobrar las complicidades antiguas.

Al llegar al tanatorio yo sabía que su hija Dolores estaba ya muy enferma, pero en su aspecto no me pareció adivinar la debilidad creciente con la que el cáncer galopaba demasiado rápido por sus entrañas. Me dio un abrazo de brazos frágiles, pero lo sentí pleno con esa capacidad hermética y suave de los edredones mullidos. Lloraba y sentía sobre mis pómulos el roce húmedo de sus lágrimas lentas, era una humedad breve y acogedora como puntos suspensivos de gotas de agua que rozan tu piel en poros precisos y se agradecen con una cercanía muy superior a las palabras.

En los tanatorios, me vencen los ataúdes destapados detrás de cristaleras tan impenetrables como fronteras de castillos sombríos. Apenas que te fijes se ve un reflejo de tus ojos perplejos y perdidos sobre la lámina del vidrio, desorientado sin saber hacia dónde mirar y deseoso de unas palabras que vengan de alguien para disimular una aturdida espesura que te aflige sin remedio. No me gusta el ataúd abierto porque luego te queda dominadora y tiránica la imagen de esa cara inmóvil que tú muchas veces percibiste con toda su vitalidad. No me gusta porque luego esa imagen gana extensamente a otras muchas que tú conservas y no quieres que domine la tierra de los sueños intranquilos, noches en las que te enmarañas en inconsciencias dispersas y, sin embargo, como una ráfaga vuelven los ojos de cera helada que te asustaron aquel día del sepelio. Y lo sientes como una injusticia, como un aluminio frío que te roba los gestos y los silencios sabios que fueron el libro leído de la vida de Isabel. Esa magnitud de su corpulencia que, de niño, tú reclamabas cuando ella se sentaba en la silla de énea que tu padre tenía en el comercio de ultramarinos y la pedías que te diera un meneito. Te abarcaba con sus manos que tú sentías enormes y te hacía cosquillas y la saliva se te escapaba por los labios de tanto reír. Y se te hacía irreal verla allí tan infinitamente quieta en su entierro como si una de las dos escenas fuera sólo materia de la imaginación, inútil para discernir qué parte era más cierta en el esqueleto de tus sentidos: las cosquillas en la tienda o los ojos tapiados entre sus mejillas inertes.

Me senté al lado de José, el marido de Dolores, y me sorprendió, al mirar hacia el pasillo, la altura de junco terso del hijo de Tani. Antonio movía su adolescencia con la espalda ligeramente curvada, pero con sus ojos azules vivaces y atentos al ajetreo tosco de las salas de espera. Cuando vino el cura, Antonio se alejó. José me dijo que los sacerdotes le recordaban la muerte de su padre. Mirándole imaginé al muchacho con un sentido de irremediable extrañeza ante palabras de consuelo y resignación que él probablemente no admitía porque le resultaba insoportable que alguien procurara disponer de forma voluntariosa y abstracta una brizna de hierba en una tierra totalmente devastada donde la única realidad era la memoria de la muerte de su padre. Antonio cruzó sus brazos recostado en la esquina más distante como si fuera consciente de una prematura adhesión al ateísmo no por voluntad sino por la imposibilidad de calibrar que pueda existir una mínima concepción de equilibrios supuestamente divinos ante la realidad pétrea de verse despojado, en plena adolescencia, de las manos y las señales de su padre. El sacerdote se santiguó ante el cadáver de su abuela y se fue a otra sala. Antonio volvió y también lo hicieron sus tías, Dolores y María, que quisieron ver el rostro de Isabel antes de que dos auxiliares pusieran la tapa al féretro.

Camino del cementerio yo me acordé del mes de septiembre del año 2001 o 2002, no sé exactamente cuál porque noto de un tiempo a esta parte que se me pierden las secuencias temporales y que los transcursos se me hacen mentalmente más cortos, tal vez porque, por una predilección a la vez deliberada e inconsciente, comience a compartir esa convicción de los mayores de que los años se pasan volando. Septiembre sí sé que era porque estábamos de vacaciones en la playa de Rota y las temperaturas se rociaban de cierta tibieza en la claridad ya no tan larga de las tardes finales del verano. Fue Dolores quien me llamó al móvil. Me dijo que Tani había muerto la última semana de agosto y me quedé varado en una sensación secundaria preguntándome por qué ella no me había avisado antes. Quizás me refugiaba artificialmente en aquella pregunta intentando eludir el núcleo de la consternación como una huida que quisiera rechazar lo evidente o como si yo desease darme una prórroga para intentar digerir con una cierta postergación la evidencia bruta de una ausencia total, de la muerte de un amigo a sus 49 años. No sé por qué razón me ha quedado muy fijo un recuerdo: durante aquella tarde entré con mi hija en la piscina y mientras ella chapoteaba intentando llegar al borde, yo me sumergía con un deseo ávido de no escuchar las voces de alrededor, de introducirme en una soledad donde la presión del agua cerrara mis oídos y me trasladase a una negrura voluntaria y lenta. Apretaba mis párpados procurando que el sentimiento escapara de lo recién sabido y quería viajar a un tiempo anterior que yo conscientemente prefería imaginar perpetuo para no comprobar la impotencia que el futuro, consumado aquel día, me había traído.

Hasta esa fecha, los funerales y esquelas habían sido en mi vida como circunstancias simplemente observadas, una suerte de confusión e inseguridad de la que se salía frugalmente con la expresión de un pésame o con el recuerdo de alguien que me llegaba al interior con tacto pálido y disuelto. Pero la muerte de Tani creció en mí como una constelación de la carne propia, con la fuerza de un golpe sobre la mesa a la que sigue una voz grave y herrumbrosa que sin ninguna compasión nos dice que bajo las lápidas hay jirones de nosotros, que la muerte es un patrimonio tan nuestro que nos derrumba con facilidad, con tanta que queremos huir de ella puerilmente sumergiéndonos en una piscina para que el pensamiento se pare.

Volvía aquel desconsuelo de septiembre durante el entierro de Isabel y me embargaba la viscosa inseguridad de los destinos injustos donde no atinas a comprender por qué yo sigo vivo y él o ella, no, con el miedo fijo de no entender porque tú conservas la integridad de tu respiración y tu pulso y enfrente, quien también los tuvo, simplemente es una parálisis, una boca de mina clausurada y sin retorno. Miré entonces a Dolores que se sentó ante un seto frente al panteón de su familia. Estaba cansada, pero sobre todo la vencía en ese justo momento una percepción penetrante de enfermedad, decaída, esposada a la frontera de su cuerpo enfermo donde ella ya no parecía reclamar pasaporte y visado para cruzar y salir de él.

Hay noches que se abren a sueños de viento de invierno, en fragmentos inconexos aparece Dolores y yo luego la recuerdo en un pugna irreal apretado al calor de aquel abrazo que me dio cuando llegué al tanatorio y helado al momento siguiente contemplando la fragilidad de los codos sobre sus rodillas mientras permanecía allí sentada esperando el final del funeral de Isabel. En esa perplejidad mía e inmadura veo también la forma de un libro, abierto a la mitad, que está labrado en piedra sobre la tumba de Tani . Allí alguien quiso recordar su pasión por las carreras de fondo, por aquella petición de espaguetis o macarrones a Petri, su mujer, cuando concluía una media maratón y hablaba de recuperar energías con una buena dosis de hierro y vitaminas. Maldita salud que luego le prohibió un futuro, si él iba desde Entrevías al Ministerio de Sanidad en bicicleta para trabajar en aquel despacho al que había llegado pocos años después de emigrar a Madrid, si él se metía entre pecho y espalda 23 ó 24 kilómetros corriendo acompañado por los colegas con los que entrenaba en aquel parque al lado de casa. Maldita salud que no avisa ni medio milímetro, que te traiciona como una mala amante y que no atina por lo menos a sugerir un mínimo adiós el día que ya sabe que nunca volverá.

Ese libro, donde alguien también escribió el placer postrero de Tani por el camino de Santiago como un peregrino que aún abría sus expectativas a los años probables que le pertenecían por encima de todo. En la página de piedra las palabras sueñan con una carrera de Tani entre calles del firmamento, las zapatillas ajustadas y bien ceñidas para recortar tiempos en maratones que rodean las estrellas y precedidas de unos entrenos que él siempre hubiera previsto hacer ilusionado y a conciencia con la solidez de un atleta de cierto ademán prusiano, convencido de aguantar bien cada serie de diez kilómetros para ultimar sin improvisación una buena puesta a punto antes del día inmenso de la gran carrera. Pero le entreveo también en la fragilidad de Dolores postrada ante el seto, con la extenuación de no poder librar con éxito la batalla injusta, la constatación de una suerte esquiva que fue para él y para ella, con toda la crudeza de enfermedades férreas que hacen saltar por los aires la supuesta prolongación hasta la vejez de los ciclos de la vida.

Cuando dos meses después de la muerte de Isabel, José Mari me llamó para decirme que su madre acababa de morir, ya no quise volver a Alcorcón, no quise pisar la puerta del tanatorio donde ya no me esperaba el abrazo mullido de ella. Me vencía con una contundencia plena el miedo de nuevo a unos ojos cerrados en un ataúd abierto. Y no fui, con un abatimiento cobarde, con la desazón del que cede a sus fantasmas, con la rebeldía inútil de quien no acepta la evidencia porque yo los conocí mientras vivían y así los sigo viendo en los fragmentos intermitentes de los días iguales cuando sin saber por qué una ráfaga, una casualidad, un parecido me los devuelve. Me resisto con docilidad e irracional persistencia a la herida de las muertes próximas y no sé convivir con ellas, creo que nunca sabré convivir con ellas. Aunque sepa que la terminación es nuestro destino fijo e irredento, huyo de los ojos cerrados en ataúdes abiertos porque continúa bullendo en mis adentros una negación abstracta de la finitud de la vida, aquélla que percibí como una sacudida temblorosa y áspera cuando llegaron las muertes en poco más de un año de una madre, Isabel, y dos de sus hijos, Dolores y Tani.

Meses después en ruta hacia Zaragoza y pasando por la nacional V a las espaldas del cementerio de Alcorcón, me santigüé. Era como si me sintiese apaciguado y obediente ante la certeza enteramente maciza que otorga el tiempo a las cosas e intentaba imaginar, divisando a lo lejos las cruces y cipreses entre las lápidas, el silencio que siempre deseo suave y noble para que vigile con la lealtad de un amigo el círculo de los rostros allí detenidos que yo conocí. Sin saber por qué sigo sintiendo el deseo de pedir perdón, tal vez por la debilidad que a veces me hizo ser como un niño escondiendo la cabeza debajo de un cobertor, esperando la promesa imposible de que aquello era irreal y que al salir de las sábanas el regreso al pasado me volvería a llevar a un tiempo habitado por la continuación de sus vidas.

Me refugié entre colchas de huida en aquella piscina de Rota, esa huida que me llama y que procuro contener con seguridad incierta cuando el ocaso siguiente de alguien cercano me acecha. Es el miedo al pasadizo del final de la vida. El que me gustaría mirar un poco de frente y con el temor al menos en parte domado. Pero no sé y al no saberlo manoteo inútilmente como queriéndolo negar incluso en las despedidas ya consumadas. A ellos les veo vitales e íntegros en las instantáneas fugaces que el mejor azar me trae, donde sus expresiones se hacen materia en el corredor de mis recuerdos. Y es entonces cuando siento la improrrogable tentación de la memoria de la infancia, la que con rastro prolongado aún me sorprende situando anclas y rutas en mi madurez, una madurez que tal vez por ello no es siempre capaz de hacer fuertes, valientes y seguros los interiores del alma.