Desde la ventana, veo el juego simétrico de las barras de aluminio, entre verdes y azules, que culminan el tejado del edificio del plató. Por la mañana, el sol se proyecta sobre ellas y más abajo deja definir toda su claridad sobre los ladrillos de la fachada de un rojo barro ya descolorido por el paso del tiempo. Urbano está sentado tras su mesa en forma de ele. A su derecha tiene el ordenador y enfrente la madera de formica que queda escondida bajo papeles donde se mezclan recortes de prensa, copias de mensajes electrónicos y un cúmulo de folios que viaja por las lindes más curiosas de historias de fútbol, rutas culturales por Las Hurdes y récords de atletas extremeños.

En los ratos más inopinados, cuando un cruce por el pasillo me hace reparar en su puerta abierta, me gusta entrar en el despacho de Urbano. La escena tiene algo de toreros antiguos que desde un burladero esperan contemplativos y un poco ajenos la salida de un nuevo novillo. No responde a un impulso ni es el requerimiento para dotar al instante de consistencia mutua, simplemente es dejarse llevar por esa proclamación próxima y hedonista que otras veces otorgamos al don de una cerveza en la barra del bar o al hecho de mirar desde el banco de un parque mientras esperamos a alguien. La conversación pasea por una tranquilidad que parece enviar el momento a un tiempo futuro, tal vez el que uno supone ya de viejos, cuando a las puertas de un extraño hogar del pensionista, me veo departiendo con él sin ningún sobresalto, sin ningún diente de sierra en una charla donde ya nadie pretende convencer a nadie, donde la vida ya nos ha dado tantas pistas que resulta presuntuoso presagiar horizontes a trayectos conocidos porque sólo sería jugar a rodear palabras y porque el instante quedaría privado de esa levedad fácil que lo hace grato.

Era junio y en la empresa volvían los rumores de reducción de plantilla. Ante los tablones los ojos se dispersaban frente al tráfico denso de las hojas sindicales y, sentados en la barandilla baja y ancha de la escalera, no era difícil coincidir con reporteros o técnicos para hacer pronósticos brumosos de traslados a Madrid o calcular con benevolencia la prejubilación de un compañero para suavizar la derrota de decir adiós al trabajo con 52 años. Es cierto que esas cábalas también las hacía con Urbano en su despacho y rumiábamos un escenario de pugnas a veces inescrutable y otras teatral entre la empresa y los sindicatos como un combate dirigido a distancia para contemplar al final un arreglo más o menos aliñado en el que repartir parabienes y logros entre unos y otros.

Pero esos días coincidían con el Mundial de Alemania y cruzar con Urbano impresiones sobre los partidos del día anterior servía para distraer la mente de las preocupaciones fijas y dotaba al fútbol de una clara virtud para escapar de esta categoría de hormigas que, más de lo acostumbrado, nos asignan las circunstancias, las que llevan a vernos un poco inútiles ante los planes que dictan las altas tribunas donde en listados de nuevas plantillas aparecíamos y desparecíamos como Alicias volátiles en un país de espejos trastocados. Las conversaciones sobre el Mundial tenían además una cierta prolongación alegórica porque, vistas desde el prisma de un deseo de distancia, eludían el ruidoso folclore que impregna el fútbol cuando lo abordamos con futbolerismo y propiciaban la tibia certeza de que ver las cosas con una prudente mirada aleja los espejismos que el entusiasmo regala con demasiada frecuencia.

Mientras los diarios deportivos se escoraban ante la rentable tentación económica de vender más ejemplares trasladando a la selección española del borde del abismo al podio de la gloria, Urbano hojeaba mentalmente estadísticas y detalles y se quejaba de los arbitrajes que habían tenido los equipos africanos. Repasaba los penaltis birlados a Costa de Marfil, Ghana o Togo y le agriaba ver que selecciones que comenzaban a superar el listón de equipos simpáticos, porque mostraban maneras de fútbol competitivo, no pudieran demostrar su valía ante los mejores, los equipos que, con afán castizo, él y yo siempre llamamos de pelo en pecho.

Yo le relataba la extraña sensación de ver casi en soledad en el bar de Quintana, durante el sábado y el domingo, los partidos de la primera fase del Mundial. Allí sólo me encontré a Ezequiel apurando un café mientras veía un partido de Suiza a las cinco de la tarde. Ezequiel había trabajado en la construcción en Basilea durante dos inviernos y una vaga simpatía le animaba a ver los partidos de la selección helvética. Cuatro hombres jugaban a la cuatrola en una mesa al fondo y otros tres, con miradas cansinas, apuraban cubatas duros de siesta en la barra de la cafetería. Los planos del realizador a veces llevaban las imágenes al graderío y Ezequiel miraba con cierta compasión el resoplido y la sensación de sudor pegajoso que destilaban los aficionados suizos amodorrados en la zona de sol del estadio de Dortmund. El albañil recordaba los inviernos duros con las manos encalladas trabajando entre cimientos, vigas y hormigón y ahora sonreía frente a los seguidores de ese país con la sordina de una leve venganza que en el fondo era una camuflada expresión de ternura. Frei y Barnetta hicieron que Suiza ganara aquel partido a Togo por dos-cero. No fue demasiado entretenido, pero sirvió para deleitarse con algunos apuntes que siempre convierten al fútbol en algo parecido a una pequeña enciclopedia donde de casi todos sus vocablos siempre se aprende algún matiz. Entró en el bar un vecino de Ezequiel que enseguida le preguntó qué día jugaba España contra Arabia Saudí, y él le contestó con educación, pero sin ganas diciéndome a continuación que no es un aficionado de verdad quien sólo ve los partidos de su equipo o de su selección porque al final es como mirarse al ombligo o como aquél que dijo que había viajado mucho y nunca había cruzado la frontera de su país. Asentí como un cómplice convencido porque me recordó cuando mi suegro afirma, con indisimulada indiferencia hacia el equipo de Chamartín, que los madridistas únicamente ven por la tele los partidos del Real Madrid y que cuando no tienen opción a ganar ninguna competición desertan del televisor y se olvidan de los transistores hasta el próximo otoño.

Urbano, el martes siguiente, hacía recopilación de las liguillas de cada grupo del Campeonato. Quería creer que Inglaterra haría algo en este Mundial, se resistía a pensar que Gerrad, Lampard, Joe Cole o Roonie fueran a pasar como jugadores de medio fuste por Alemania y buscaba un argumento para regatear incluso a su propia lógica, porque, visto lo visto, él ya intuía que a la hora de la verdad sólo llegarían las selecciones de siempre. Y las enumeraba con una rapidez de memoria de catecismo, dándole igual el orden concedido, pero mascullando que son casi eternamente las que dan la cara: Alemania, Francia, Italia y Argentina. Deliberadamente se olvidaba de Brasil y aludía a la coletilla que el presentador repetía en las retransmisiones de la tele, el tiqui taca, el tiqui taca de la canarinha para presagiar que veía a la selección del jogo bonito preñada de narcisismo y con un escaso compromiso para ponerse a pico y pala cuando vinieran mal dadas.

Urbano cogía un folio usado por un lado y lo ponía del revés. Me decía, con la convicción de quien no ve cosas nuevas, que las estrategias de los entrenadores apenas diferían de las ya vistas en la última Champions League y trazaba un rectángulo sobre el papel para atisbar las líneas de un campo de fútbol. Rellenaba de negro puntos redondos para ubicar la teórica posición de los jugadores y salía la forma geométrica de una pirámide. Cuatro defensas, me explicaba, tres pivotes, dos medias puntas y un delantero nato. La base de un equipo se construye desde la defensa hacia el ataque y se concibe para recibir el menor número de goles posible. Luego, seguía Urbano, tú puedes añadir variantes a este sistema y me ponía los ejemplos de Francia y Portugal, que habían apostado claramente por dos pivotes defensivos, Makelele y Vieira en el caso de los galos, y Costinha y Maniche en el de los lusos, para disponer arriba de cuatro hombres con vocación ofensiva que tienen que atesorar ese plus de talento con el que se zanja en los momentos precisos la suerte de un partido.

No existen poesía ni Reyes Magos en las nociones del fútbol, remataba Urbano, y me ponía el ejemplo de Alemania que en los últimos cuatro Mundiales nunca había perdido una tanda de penaltis cada vez que había llegado a ella. Tres semanas después, cuando Italia ganó el Campeonato y leía una entrevista a su seleccionador, la receta de Marcelo Lippi me recordaba la partitura de Urbano. Lippi decía que a igualdad de individualidades lo que decide un partido es el sacrificio físico que están dispuestos a asumir los jugadores y la fortaleza mental y colectiva que demuestren. Y casaba con la letra porque el fútbol, al igual que la NBA en Estados Unidos, exige, cada vez más, a jugadores que aspiran a la condición de atletas y que convierten en una obsesión dolorosa para los rivales la difícil tarea de hacerles encajar un gol. No se puede despachar la tanda de penaltis, añadía Urbano, como si fuera una simple advocación a la fortuna, el azar de una ruleta. Es una faceta del juego como lanzar un falta o preparar los saques de esquina. Se tiene que planificar con la seriedad que exige un momento crítico de la contienda y no se puede abandonar al albur de la suerte a la espera de que siempre llegue el auxilio postrero y salvador de un periodista para calmar la conciencia escribiendo que la fatalidad doblegó el destino del equipo.

En las vísperas del España-Francia, los diarios deportivos ya salían con aquel famoso eslogan de que "vamos a jubilar a Zidane". En su despacho, él me hablaba de Ribery y de la dificultad de jugar contra los bleus con una defensa adelantada como habíamos hecho contra Ucrania o Túnez. Es casi imposible ser infalibles en la táctica del fuera de juego durante noventa minutos. Y más cuando tienes enfrente a un lanzador como Zidane que puede congelar el balón en un largo segundo y enviar al hueco para la carrera desde atrás del volante izquierdo o derecho. Así fue luego como nos hicieron el empate y como yo recordaba que Brasil había vencido a Ghana cogiendo a tres cuartos a la defensa africana y superando la línea horizontal de los zagueros con tres pases precisos.

El día posterior, leíamos con escepticismo la prensa deportiva. Se volvía a caer en la decepción secular como recién llegados de una borrachera de anís y las crónicas eludían detenerse en una visión global de cómo se iban resolviendo las diferentes eliminatorias para buscar al menos ciertos síntomas de por qué seguían unos equipos y otros se marchaban a casa. La tinta viajaba por los caminos trillados para balbucear los estereotipos de "jugamos como nunca y perdimos como siempre", y alguien volvía a elucubrar sobre el modelo de juego que tenía que seguir España para el futuro porque nosotros, decía, no tenemos la condición física de Alemania o Suecia, olvidando que Italia es un país mediterráneo y que jamás se ha arrugado cuando ha tenido que aceptar el reto de un partido jugado a cara de perro asumiendo el sacrificio y la exigencia de una eliminatoria sin concesiones. Y olvidaba también la trayectoria de los portugueses, vecinos nuestros, con un equipo también construido para actuar con eficacia en partidos igualados y que con oficio y brega se plantaron en las semifinales.

Nos equivocamos en la benevolencia con nuestros jugadores. Estuvimos cerca en el Mundial de Estados Unidos. Nos faltó ese punto de genialidad que tal vez no pertenecía a Salinas cuando entonces falló en el mano a mano con el portero italiano. Esa genialidad que sí nos devolvió Roberto Baggio cuando acto seguido resolvía ante Zubizarreta con el pulso medido de quien saca petróleo de un solo disparo. Pero aquel equipo de Javier Clemente era fuerte, hecho con mimbres de jugadores corajudos y bien aliado con una idea de sacrificio durante noventa o ciento veinte minutos. Si esa idea no se tiene, se necesita una selección de genios del balón para salir adelante y aun así si ellos renuncian a correr nadie garantiza el triunfo como comprobó Brasil en su cruce con Francia.

Urbano se incorpora del respaldo de la silla y reparte sus dedos como una ardilla premiosa entre un cuadrante de días con anotaciones de previsiones deportivas y el teclado del ordenador. Puntea sobre el icono de favoritos y quiere que yo vea las imágenes del nuevo campo del Arsenal en la web de los gunners. No sé por qué una foto azarosa me recuerda el gesto tímido de Zidane y le digo que el francés me sorprendió en Alemania. Yo le recordaba perdido y sonámbulo en los últimos partidos de la liga española y me producía desazón verlo sudar a los quince minutos de un partido contra el Deportivo de La Coruña como si fuera el anfitrión de un partido de casados contra solteros. Urbano se levantó y se fue hacia la balda de un armario metálico. Con la seguridad de un bibliotecario de monasterio volvía a levantar sus colecciones de recortes de prensa y me entregaba uno. Era del 23 de junio de 2003 y hablaba de la gloria de San Zinedine. Con pose de premonición antigua, Urbano me decía que nunca en el Madrid se llegó a ver al mejor Zidane, a pesar de que cerremos los ojos y veamos toda la vida el gol que coló por la escuadra al Bayern Leverkusen en la final de la Copa de Europa. Nunca le dieron en el Santiago Bernabéu los galones que siempre tuvo en la selección francesa porque por su carácter nunca pareció probable que los exigiera para caer en un pulso mediocre de protagonismos artificiosos entre estrellas que en el fondo tenían menos brillo que él. Aún me acuerdo del gol que le metió de falta a Santiago Cañizares en una Eurocopa de selecciones y sin embargo apenas tiró de libre directo vistiendo la camiseta blanca. O la mirada de autoridad que le dedicó a Víctor Bahía antes de batirlo en un penalti resuelto sin concesión a la duda para dejar a Francia en una nueva final europea. Sin embargo, tampoco ningún entrenador blanco puso su nombre en la pizarra como primera opción madridista para lanzar las penas máximas. Pasó el tiempo escorando por obligación sus mejores artes a la banda izquierda para permitir la baza de jugadores menos buenos que él y aun así destacó como sólo lo hacen los mejores con la finura de quien sabe mucho de fútbol aunque le manden a encalar paredes y tapias.

El fútbol tiene algo o, tal vez mucho, de alegoría de la vida. Los aficionados españoles nos hemos pasado media vida oscureciendo epítetos frente al fútbol italiano y hemos tenido que ver como esa media vida ha transcurrido sin que nunca España llegara a una final de los Mundiales y que los azzurri ya levanten cuadro dedos para sellar el número de entorchados que tienen. Adornamos las tardes de los domingos hablando de lo que nos gusta el fútbol espectáculo y nos llevamos a la almohada el deseo corpulento y sagrado de los triunfos. Nos inventamos la palabra resultadianos para afear la conducta de los entrenadores que buscan sobre todo la victoria y, sin embargo, no recuerdo todavía ninguna afición en el mundo que, después de ganar un campeonato, haya decidido quedarse en casa para no festejar el triunfo en protesta por el fútbol rácano o defensivo que ha practicado su equipo.

Urbano vuelve a sus folios para dibujarme una línea discontinua sobre otro terreno de juego. Me reitera la filosofía que plantean los entrenadores más allá de sus ruedas de prensa aligeradas por la búsqueda de titulares diarios. Los equipos se suelen construir bajo la correlación de dos planos. Seis jugadores que definen su trabajo con la premisa sobre todo de proteger la portería y los otros cuatro, de tres cuartos para arriba, para decidir en calidad y tino. Aunados por una idea de solidaridad para saber subir y bajar en el terreno de juego como el abrir y cerrar de una acordeón que suena una y otra vez.

No podemos escapar al grosor firme y, a veces, tramposo de las palabras y, aunque intentáramos pulirlas al máximo, el ejercicio no sería del todo útil porque las cosas para capturarlas tienen que conservar su primera expresión, y en esa fugacidad nos describen. Es un acto reflejo que incluso nos hace más reconocibles merodeando las chismes de esta historia llamada fútbol. Tal vez sólo haya habido dos selecciones que en la historia se acoplaran a una identidad muy perdurable en su estilo de fútbol: Brasil e Inglaterra. Los cariocas porque nadie trata el balón como ellos con ese tacto de piel manzana que sirve para amasar el esférico y que se dibuja con esa plenitud de óleo sobre el campo cuando de verdad se ponen a jugar como ellos saben, sin amaneramiento y escrupulosamente certeros. E Inglaterra, que en sus triangulaciones y con los balones al área, siempre parecieron remontar la bruma de los estadios húmedos, adaptándose como nadie a ese origen cercano al rugby que tuvo el fútbol en las islas. Pero a pesar de las identidades, todos los equipos tienden a parecerse en una peregrinación hacia una hipotética aldea global de las tácticas. Los grandes futbolistas siempre estarán un escalón por encima del resto, pero Francia sólo entró en el pabellón de los elegidos cuando comprendió que había que correr y sacrificarse para cruzar el arco del cielo. Y Grecia, en la Eurocopa de Portugal, vino a reclamar que los operarios, aplicando la insitencia de albañiles tozudos, a veces levantan casas inesperadamente grandes.

Urbano repasa una y otra vez sus conclusiones y observa los partidos con esa quietud despierta con que a veces los viejos de los pueblos miran a los forasteros que acaban de aparecer por la plaza del ayuntamiento. Me gusta hablar con él de fútbol. Es como coger un par de entradas y subir hasta el anfiteatro masticando pipas con la promesa de disfrutar de los pequeños detalles que transforman este deporte en un argumento propicio para el ágora. Quizás con esa sobria enseñanza con que petulantemente confieso me parece imaginar a los antiguos griegos venerando el mito de Olimpia.

Diseccionamos un partido, una liga o un Mundial y es en el fondo nada, tal vez una cierta vengaza de la disección real y plena con que a 400 kilómetros gentes desconocidas mueven y voltean números para una reducción de empleo. La mente no es bueno que quede varada en el oleaje engorroso que trastea el destino, por eso la hacemos viajar a la simbología efímera a la que el ocio nos empuja como sirenas de Ulises. Fabio Capello dijo que los futbolistas son unos privilegiados porque sólo trabajan dos horas al día, tal vez nuestro privilegio sea mirar esas dos horas y levantar todo un entramado de percepciones dispersas para descontar cincos minutos en el despacho de Urbano y proponer cinco más a la mañana siguiente cuando así la casualidad o el "pasaba por aquí" lo dispongan si otra vez quieren.