Grego levanta el brazo izquierdo como si no le perteneciera, como si fuera el de otro de sus alumnos que también escuchara sus lecciones y las aplicara con un talento inesperado y prodigioso. Alto, con una barriga inexplicable por la soltura de sus movimientos, Grego observa a las parejas desde una seriedad relajada y les repite con voz clara los pasos que él procura fijar ante las miradas de pupilos que se sorprenden de haber entrado tan rápido en los detalles de una bachata o un chachachá.
Hoy es el primer dÃa de clase. La tarde ha tenido esa imprecisión desubicada que a veces tienen las fechas de septiembre, donde aunque hayas salido con manga corta, el atardecer sorprende con una brisa demasiado fresca que traiciona la ligereza con la que por la mañana saliste al acontecer del dÃa. Al entrar en el centro social, las voces en el salón del fondo te recuerdan el ajetreo nervioso que los colegios muestran seis o siete dÃas antes de las vacaciones de Navidad, cuando los niños se apresuran excitados a rematar los ensayos del Belén viviente que escenificarán el 22 de diciembre o vuelan por los pasillos para comprar en la tienda cercana las guirnaldas con las que adornarán las aulas.
Grego se expresa como un sargento amable, no llama al cumplimiento estricto de sus normas, pero sà apunta una exigencia lo justamente precisa como para que los recién llegados lo intenten con seriedad y un poco de vocación. Lleva a Nieves de sus brazos con una facilidad extrema, ni siquiera parece que bailen. Entregados al compás fluido, si miras sólo sus cinturas parece como si se hubieran elevado unos centÃmetros del suelo y no rozaran las baldosas, simplemente las hicieran llegar una breve ráfaga de corriente de aire que levantan con sus pies convertidos en abanicos sobre el espacio estrecho que ocupan.
Fuera las luces de la calle se acaban de encender. Enseñan bailes de salón a 18 mujeres y dos hombres. Y no me extraña la desproporción irreparable porque siempre he creÃdo que en el común de los hombres hay una falta tan notable de gracia innata que su reconocimiento nos hace desertar de estas aficiones sin siquiera intentarlo. Ellas disfrutan con la seguridad de que su torpeza primeriza, que no todas tienen, desaparecerá conforme avancen las clases y desde el principio tararean alegremente la música salsa, aunque sus pasos se muevan a una distancia sideral de la naturalidad mágica que Grego y Nieves expanden por la sala. Ella apenas da instrucciones, sus caderas se balancean con una exuberancia casi en el lÃmite de ser un poco exagerada, pero al no sobrepasar la frontera minúscula, exhibe una sensualidad primitiva y poderosa como si el baile la aliviara de doce o trece años y regresara a una juventud juguetona y desinhibida.
Grego coge el mando del equipo de música, lo baja apretando una tecla en dirección al volumen y vuelve a hacer sonar otra canción. Se ve que no le gusta que la sala quede ajena al fragor de maracas, timbales y saxo, y aunque tenga que elevar su voz para que nadie pierda sus consejos, continúa moviéndose sin vacilación mirando siempre a las parejas y ajeno a ese brazo izquierdo que continúa moviendo el paso de Nieves con una seguridad indiferente y libre. "Acordaros del tiempo para dar la vuelta", les dice, "y no os adelantéis a la música, nunca por delante de la música". Es imposible que las parejas eviten del todo ese matiz de carencia huérfana que produce ver sólo mujer con mujer. Y eso que aquà hay una feminidad desposeÃda, una coqueterÃa hasta cierto punto marginada porque las mujeres bailan con chándales usados y poco a poco impregnan la sala de un sudor húmedo e invasor que extiende olores que uno siempre imagina masculinos, con rÃmeles que se desprenden de los párpados y camisetas que se pegan a la espalda en una instantánea parecida a los gimnasios de pesas y planchas de abdominales. Se obstinan por intentar llevar la soltura de los dos monitores, pero, al tropezar sus pies, se dejan llevar por una risa floja y culpable y vuelven al ritmo con una timidez que intentara esconderse de alguien que las pudiera haber visto.
Uno de los dos hombres que bailan puede tener cerca de 40 años. Usa una camisa corta azul tibio, que tiene un nombre escrito en el pecho que no logro leer. Se refleja la luz de los tubos fluorescentes sobre su calva avanzada y aflora sobre el mentón una perilla que me hace recordar el aire cardenalicio de algún obispo ordenado demasiado joven. Baila bien, con desparpajo, confiado en sus pasos y en los de la mujer que le acompaña y con aparente lejanÃa de las pautas que repite Grego. Me resulta curioso fijarme en él porque disfruta sin manifestar nunca con sus gestos que le gusta mucho bailar. Si me lo encontrara por la calle, lo imagino vistiendo blusa blanca y corbata y entrando en un centro de salud como representante de un laboratorio farmacéutico o hablando desde un portal, a través del portero automático, como vendedor de seguros de hogar. Se gira sobre su pareja y la coge las manos por detrás, y acercándose suave no se confunde en ninguno de sus pasos y parece como si ya hubiera bailado infinidad de veces la misma pieza.
Grego pide al grupo que haga un corro en el centro y mira a las mujeres que ahora tiene más cerca. "Traedme a más chicos, que los quiero conocer", les dice, "que esto es muy pobre si aquà no hay variedad. En casa o en todas partes, podréis mandar vosotras, pero en el baile manda el hombre y no me llaméis machista porque es bonito que sea asÃ". Nieves no le presta demasiada atención, prefiere seguir el juego de sus brazos con un entusiasmo que la convierte disimuladamente en una alumna más, pero con la gracia natural de sus caderas sinuosas que vuelan en el espacio mÃnimo donde los dos bailan con un revoloteo afinado de gorriones entre aleros.
Algunas mujeres muestran sÃntomas de un cierto sofoco mientras airean su cara con las manos. Pero no se quejan y aceptan voluntariosas la premura de Grego para coger de nuevo el telemando y poner ahora otro merengue o una cumbia. Una mujer ya mayor con el pelo teñido de un amarillo muy pálido obliga a su compañera a ralentizar sus movimientos, pero lo realiza con tal estilo que apenas se nota y no desentonan, pese a que casi rozan con sus codos el vendaval de flexiones y ritmo en el que persisten sus dos profesores. Es lunes, pero en la clase de baile el ambiente parece haber cruzado como un rayo la secuencia de la semana para aterrizar en ese matiz de prisa alegre y despreocupada que otorgamos a los viernes cuando a la salida del trabajo, la tarde invita a una cerveza en los veladores del parque o a un paseo por la calle principal.
"Un, dos, chachachá, un, dos chachachá†canta Grego mientras gira con Nieves y se mueven en cÃrculo como formando ruedas de carrusel junto a las otras parejas. Les pide que no se miren sus pies y que dejen que la música conduzca la coincidencia de las vueltas y del siseo de las zapatillas que rozan al unÃsono el suelo cuando en el casete una voz colombiana repica “chachachá, chachacháâ€. Se rÃen con ese aire de ebriedad que se sube a la cabeza con la repetición de los giros e intentan vanamente imitar a los profesores en una rapidez imposible que en las alumnas se ofusca y termina provocando algún traspiés inocente y lógico.
La sala se adensa con el olor más penetrante del sudor profuso y Nieves recuerda, antes de concluir, que esta semana volverán a encontrarse el miércoles, pero que, a partir de la siguiente, las clases serán martes y jueves para alternarlas con el curso que ellos también dirigen en la barriada de los ferroviarios. Salen del salón y las mujeres echan de menos una sudadera que olvidaron traer porque no pensaron que el estreno traerÃa tal ración de brÃo y cansancio aceptado. A la puerta del centro social, una de ellas enciende un cigarro y lo hace con tal expresión de placer que la primera bocanada parece un soplido muy Ãntimo sabiamente reservado como si fuera ante un balcón frente al mar. Enfrente, el frutero termina por colocar en el interior de su tienda la última de las cajas de manzanas y nueces que deja durante el dÃa en los filos del bordillo, y de la librerÃa sale un universitario que acaba de hacer un buen puñado de fotocopias. Ellos se impregnan de la rutina severa con que el inicio de la semana se apodera de nuestros gestos y acciones, pero la mujer que fuma parece venir de un palacio desconocido, que hizo que quince metros al fondo el lunes tuviera una promesa de vitalidad tan sublime como la que sólo nos traen las minucias felices; ésas que son casi imperceptibles en su origen como un giro, dos movimientos y el brazo de Grego que aún parece viajar en un baile inacabado en la sala ya oscura donde la alegrÃa perduró hasta dos minutos antes.
Hola, Antonio, soy la mujer de Grego, el profesor de baile. QuerÃa decirte que me ha emocionado profundamente lo que has escrito sobre las clases de baile de Grego y Nieves. No soy muy bailona, al contrario de mi marido; pero me gusta ir cuando puedo a las clases, a mirar, no a bailar. Pero tengo que decir que en tu precioso texto me has hecho ver sus clases como algo diferente, como un rato mágico donde uno se olvida de la cotidianeidad mientras baila. Y precisamente tu texto retrata algo cotidiano, pero tú lo has sacado de lo habitual y lo has convertido en una pequeña joya. Es maravilloso como escribes. Te felicito sinceramente. A mà también me gusta escribir, y de vez en cuando me sale algo de lo que me siento contenta, pero ni por asomo llego a tu nivel. Mi más encarecida enhorabuena por tu sensibilidad y tu buen hacer literario. Atentamente
Mª Eulalia Serrano Liberal.